100 películas que ver antes de morir
Junel Jansen | Paquita Jones

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A mis treinta años me las había arreglado para no haber tenido nunca una primera cita. “Debe de ser asexual”, pensaban muchos. Poco sospechaban que mi vida sexual nada tenía que ver con mi carencia de citas, y que si bien era virgen en aquello de “velitas y preguntas incómodas” no era virgen de nada más.

Mi vida y la de Bridget Jones tienen mucho y poco que ver a la vez. Mucho en que ambas sabemos apreciar un cigarrito poscoital, poco en que ella quiere una relación y yo no. Y aun con esas, tras años esquivando pullitas de familiares y amigos, aquí estoy, frente a La Musa a punto de adentrarme en mi primera cita.



Dentro, sentada frente a un hombre sorprendentemente guapo, me doy cuenta de que no me había sentido así en mucho tiempo. La conversación fluye y cada minuto cunde como una hora. ¿Por qué me habían hecho creer que el mundo de las citas era tan horrible? Te culpo a ti, Sarah Jessica Parker.

Tras diez minutos ya hemos hablado sobre nuestras familias disfuncionales, y estamos adentrándonos de lleno en “100 películas que ver antes de morir”. Cuando voy por Babe, el cerdito valiente, me interrumpe.



– Creo que nuestro tiempo se ha acabado – dice.



¿Cómo que se ha acabado? Estoy teniendo una de las conversaciones más apasionantes y naturales de mi vida, estoy a cinco minutos y un chupito de Jägger de contarte mis secretos más oscuros ¿y me dices que nuestro tiempo se ha acabado?.

Un hombre, aun más guapo si cabe, se aproxima a la mesa y se presenta algo extrañado:



– Soy Jaime, su marido, ¿y tú eres…?



¡Marido! ¡ajá! Sabía que tenía que haber algo. Mi primera cita en treinta años y he roto un matrimonio gay en menos de diez minutos. Pero no es mi culpa. Él es el que está casado y nos ha traído a un restaurante en el que su marido nos pillaría fácilmente. Estoy a punto de liarla cuando la camarera se acerca:



– ¿Otra silla?

– Si es para tirársela a la cabeza sí, por favor – contesto. Porque puedo estar un poco loca, pero ante todo soy educada.



De repente veo un cartel sobre la barra: “Lamucca”. La duda se apodera de mí y sudores fríos recorren mi cuerpo. Busco rápidamente en mi móvil: La Musa, Lamucca, La Musa, Lamucca. No puede ser, estoy en el sitio equivocado. Solo puedo pensar en una cosa: ¿Qué clase de nombre es Lamucca? Puto Madrid.



Y así, queridos hijos, es como NO conocí a vuestro padre. Ni siquiera es como conocí a vuestros entrañables tíos postizos. Así es como con treinta años tuve mi primera cita con un hombre gay y felizmente casado que no había pedido tener una cita conmigo. Y es que, si para algo no está preparado uno en esta vida, es una primera cita. Y menos si es en Madrid.