20 EMAILS DE AMOR Y UNA CANCIÓN INESPERADA
ANNA CLAUDIA ARRUFAT TRAVER | ANNA CLAUDIA

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Ya nos lo avisaron en el disco de Eurojunior 2003; “Navegando por la red, navegando en internet, navegando yo, te encontré”. Veintiún años después me encuentro a punto de quedar con mi cita de Bumble. La conversación previa ha sido desproporcionadamente romántica, cosa que me ha sorprendido para habernos conocido mediante un algoritmo y sin vernos en persona. Seguramente la cita será decepcionante. No creo que esté a la altura de nuestra conversación por escrito. Después de unos vinos con mis amigos y cocinarles una fideuá, he dado el primer paso y he propuesto el encuentro. En el metro me he dado cuenta de que huelo a marisco. Qué bien. Ahora además de estar nerviosa me siento un despojo. La primera impresión ha sido buena. Tiene una sonrisa encantadora y por lo menos uno de los dos huele bien. Tres horas después ya sabemos, a grandes rasgos, los aspectos más relevantes de la vida del otro. Hemos pasado al tonteo. Ha llegado el momento en el que ha ido al baño y puedo confirmar con mis amigas que la cita va bien, que estoy sana y salva, que me gusta y que no es un psicópata, que dejo de compartirles mi ubicación en tiempo real porque está todo controlado y me voy a quedar sin batería. Me animan a dejarme llevar y esperan ansiosas el resumen final. No sé en qué momento hemos llegado a la conclusión de que podríamos tomarnos la última en su casa. Ya sé lo que eso significa y como siempre, pasa el día que no tenías planeado para nada que pasara. A la vista está. Mejor dicho, al olfato esta. Por no hablar de mi ropa interior nada pensada para la ocasión. Enciendo otra vez la ubicación en tiempo real. Una cerveza después y un giro a la cara B del vinilo de Pink Floyd hemos acabado en su cama. Una situación bonita, agradable y naturalmente absurda a pesar de él estar agotado y yo apestar a fideuá. Y aquí es cuando vienen las preguntas. “¿Qué estás buscando?”, “¿Qué hacías en Bumble?”. Por mi parte le cuento que siento que debería estar un tiempo sola, pero que buscaba alguien con quien estar a gusto y poder acostarme esporádicamente, y él me contesta que, aunque muchos hombres querrían compartir muchos días y noches conmigo él tendría que dejar cerrado su corazón a la espera de que probablemente desapareciese y eso solo desembocaría en sufrimiento. Se ha rallado el vinilo en la canción Time y no nos habíamos dado ni cuenta. Por no perder esa química que se había creado y por seguir disfrutando de la escritura, decidimos que nos comunicaríamos exclusivamente por emails desproporcionadamente románticos y largos en los que nos contaríamos la vida sin filtros, sabiendo que nunca nos volveríamos a encontrar en persona por ser afectivamente responsables y estar en sitios emocionales diferentes. Veinte emails después me dirijo a nuestra segunda primera cita, dispuesta a enamorarme.