21 DE SEPTIEMBRE
Cesar Olmos Lasso | Cesar Del Olmo

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Aquel 21 de septiembre, era un día más como tantos otros, rutinario y tedioso. El andén del tren era gris y estaba repleto de personas anónimas con aspecto aún más gris cuando giré mi cabeza y le vi. Tras unas gafas redondas y azules nuestras miradas se unieron y dos ojos verde oliva me secuestraron fugazmente.

Volteamos nuestras caras vergonzosamente y sentí mi piel palpitar con un calor propio de una tarde Sevillana.

¿Me estaría mirando a mi o simplemente escrutaba el horizonte a la espera de su tren? ¿Se daría cuenta que yo también le miraba? ¿Tenía que reunir coraje y acercarme a él? ¿Y si lo hiciera, qué le diría? Cientos de preguntas y escenarios posibles cruzaban por mi mente vertiginosamente. Pero mi cuerpo se resistía a la acción.

El tren se detuvo ruidosamente y la puerta se abrió frente a mí. Casi obligado por la inercia de la gente subí el escalón, entrando al vagón y me senté con desgana. Si existía alguna remota posibilidad de interacción con él la había perdido. ¿Cuántos vagones nos separarían ahora mismo? ¿Le volveré a ver algún día? Me preguntaba atormentado.

Sorpresivamente, antes que la puerta se cerrara y casi a contraluz vi una figura dar un salto y subir a mi vagón. Era él. Caminó tranquilamente y se sentó diagonalmente frente a mí. Mientras mi corazon latía acelerado mi cerebro volvió a las andadas: ¿Se trataría de una casualidad? ¿Habría entrado en este vagón porque yo estaba en él? ¿Le gusto me estaré creando mis propias películas?

Mientras el tren avanzaba y yo fingía estar distraído con mi teléfono móvil mis ojos se desdoblaban cual camaleón para poder mirarle. Era un sueño: su pelo era rizado de un color extraño una mezcla entre rubio y plata; barba desenfadada, llevaba un pendiente sutil en su oreja derecha, y leía un libro que no alcanzaba a ver cuál era. Era una fusión perfecta entre surfero e intelectual, entre formal y desenfadado ¿Sería un profesor? Por su aspecto podría serlo, o quizás trabajase en el departamento de recursos humanos de alguna empresa. ¡Espera! ¿Me está mirando? Me está mirando.

El juego de simular que no estábamos pendientes el uno del otro lo perdimos en numerosas ocasiones, ya que nuestros ojos no paraban de encontrarse y conectarse cruzándose a través de ese pasillo aséptico.

Antes que de lo que hubiera esperado o querido el tren se detuvo. Era la parada final. Mi vergüenza y mi coraje se batían en un combate épico dentro de mí y no permitían que mi cuerpo se moviera de ese asiento.

Poco a poco la gente iba abandonando el tren. Él se puso de pie y empezó a caminar lentamente hacia la puerta, cerré los ojos y respiré profundamente. Cuando pasó por delante, lo miré, me miró: ¡Hola! Le dije y reí nervioso. Hola me respondió y su sonrisa perfecta iluminó el pasillo, el tren, y mi corazón. Y así empezó todo.