23 minutos
anna bonany bosch | Mirta Noyan

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No podía respirar. Ella me estrangulaba. El aire se agotaba; me llegaba a trompicones. Intentaba moverme sin éxito. Con un terco esfuerzo el peso de los párpados se esfumó. Un despertar abrupto. Jadeaba. Julia dormía cerca de mí con placidez. Sentí un odio repentino hacia ella. Desde que teníamos fecha, pasaba tiempo en el piso. A menudo, si tú no estabas, Julia venía; dormíamos en la cama doble. Había pocos muebles.



Aquel invierno, pasamos los findes tú, yo y Juli. Los meses se escapaban deprisa; inhalábamos el aire placentero de nuestro amor. Los viernes llegábamos y sin deshacer las maletas salíamos con urgencia a esnifar la salinidad de la costa. Comíamos un mordisco. Tú te hartabas, incluso lamías los restos de nuestros platos. Yo, medio anoréxica, sólo probaba un huevo duro con coca-cola. Ella siempre, pizza diavola.



Con la barriga llena, bajo la oscuridad, volvíamos. Las paredes finas y las ventanas con rendijas esparcían los gemidos de nuestras primeras noches; testigos de mis corridas con la boca llena de ti.



No queríamos despedida de solteros, pero las amigas se presentaron para cenar. En tu última noche de celibato, te obligué a acompañarnos.



Desde el fondo de la noche con tu GTI, Juli te cogió la mano. ¿Ternura o concupiscencia? No la rechazaste; al contrario, cuando te vislumbré de sesgo desde el asiento trasero, tu rostro resplandecía gozoso en la penumbra. Interpretaste su dulzura como erotismo. Ella, sin saberlo, te quemaba la piel, te inflamaba.

Antes de dormirte, a diferencia de otras veces, te giraste de espaldas: estabas fatigado, exhausto. Sigiloso, te levantaste, empujaste la puerta entornada del cuarto de Juli. Se sobresaltó sin asustarse. Le susurraste unas palabras persuasivas y medio dormida te siguió silenciosa.



Estrellas fugaces se deshacían bajo aquella escapada. Ella se preguntaba por qué la habías arrancado de la cama; si tenías una sorpresa para mí. ¿Se puede ser tan naíf? Paraste. Tus brazos buscaron su cintura quebradiza mientras tus dedos manipulaban la hebilla del cinturón. En el capó del coche, no se opuso. Tampoco sintió placer. Tú, en cambio, disparaste deprisa; con la misma urgencia que regresaste a mi lado. Al deslizarte entre las sábanas, hice como si no me hubiera enterado de tu fuga.



Al día siguiente nos disfrazamos de novios; teníamos doscientos familiares y amigos a embriagar. Bajo una mañana serena, intercambiamos anillos. Juli fue la madrina. El eslabón que rompiste la víspera, estalló más tarde con un cielo avergonzado; una tormenta veloz desafió a los invitados que corrieron a cubierta, plato y copa en mano.



No la he vuelto a ver; fue una prohibición encubierta. Nunca jamás hablamos de ella. Aquel indeleble sueño me abrió los ojos, mostrándome su lado más mezquino, más débil.



La convivencia ha limado nuestras capas superficiales, y nos hace más francos, sin máscaras. No te pregunto qué hiciste aquella noche. ¿Querrás sincerarte: el engaño pesa más que el acto?



—Claro que te perdono los veintitrés minutos que Juli me robó: ¿recuerdas a Àlex Amorós de la universidad?