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Catalina Segura Draper | Cati

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Si quedó con él no fue porque le gustara sino porque le gustaba gustarle. Sentir el poder de la seducción en sus carnes era algo que le superaba: el deseo de ser deseada estaba por encima de todo. Además, era italiano y así podría practicar el idioma con él antes de irse a Roma de Erasmus. Su físico no le encantaba, pero tampoco le desagradaba, probablemente se daría unos besos y dependiendo de la cantidad de alcohol ingerido acabaría la noche con él.



Quedaron a las 20:45h en el 33|45: un bar de modernos del Raval, decorado con sofás robados de la calle, carteles de neón, una vespa roja y una tele vintage en la entrada, una cabina de DJ, exposiciones temporales con la obra de artistas emergentes, baños con meadas y stickers por doquier y un espejo lleno de pintadas en el que resulta imposible mirarse.



Una vez sentados comenzó la charla protocolaria: y qué te trae por aquí, y desde cuándo vives en Barcelona, y ya has aprendido a decir alguna palabra en catalán, a ver enséñame alguna, y tú eres independentista, y yo justo me voy a Roma en septiembre, a ver enséñame alguna palabra en italiano, y tú sabes cocinar la carbonara, pero la verdadera…



Llevaban ya unas cuantas cervezas, se reían de más, se tocaban de más, se miraban de más, se acercaban de más. No lo pensó, se lanzó. Le besó y él la besó a ella. Se la comió, la devoró, penetró su boca con su lengua, alcanzó su campanilla, la bañó con su saliva, la empapó, la aspiró y le robó todo el aire hasta asfixiarla.



Ella oponía resistencia: cerraba la boca como un pajarito, se tiraba hacia atrás haciéndose la que no, empujaba con su lengua la suya y se daba treguas dándole besitos por el cuello. Nada, era una batalla perdida. Cuando por fin pudo zafarse de él, se limpió la boca con la mano, se excusó y fue directa al baño.



Tras unas gárgaras sopesó sus posibilidades. Fingir una llamada de emergencia no era una opción: siempre que mentía se ponía nerviosa y cuando se ponía nerviosa se reía. No iba a colar. Escaparse del bar era espacialmente imposible porque estaban sentados en la mesa que daba a la salida.



Solo le quedaba ser una tía honesta y confesarle que no había sentido lo que tenía que sentir, que era un tío majo, pero que era mejor dejarlo ahí. Hizo una última gárgara, cogió aire, respiró profundo y salió del baño.





– Venga, los de esa mesa, ¿crees que es su primera cita?

– Fijo, y no ha ido bien.

– ¿Por qué?

– Míralo, tía. Ella ha ido al baño y él está ya pagando la cuenta. Se quiere ir.

– Será que está pagando él y se van juntos a casa.

– ¿Qué te apuestas que se pira antes de que ella vuelva?

– Un chupi…

– ¡Mira!

– Qué cabrón.

– ¡Camarero! Un chupito de Jägger.

– Al menos ha pagado la cuenta.