4K
Víctor Martín Rodríguez | Sr. Gafapasta

4.8/5 - (188 votos)

Mareo, dolor ocular, palpitaciones en la sien… Mis pupilas se contraen y dilatan, siento que estoy a punto de perder el equilibrio. Desorientado, me apoyo contra la pared.

—Es normal. Es un proceso, ya te acostumbrarás… El cerebro se tiene que reajustar.

Miro a mi alrededor. De repente mis manos tienen textura, poros… pelo dorado cubre sus falanges. Asombrado, las volteo a la altura de mi rostro. Tras ellas, mi madre aparenta veinte años más. Las paredes se abomban, los colores se desligan entre sí… surgen líneas por doquier perfectamente definidas. «Pero, ¡si en la naturaleza no existen las líneas rectas! —reflexiono confundido—. O eso dice mi profesor de plástica…».

Mi perro deja de ser una mancha marrón para ganar expresión y nitidez. «¡Está contento! Ahora confuso ante mi mirada escudriñadora». Mira a mi madre, ella sonríe: dos viejos en sincronía.

—¡Vaya cambio! De cinco dioptrías de astigmatismo hipermetrópico a cero es todo un mundo —dice el óptico—. Ahora no perderás detalle.

Mi vista en 4K: dos lentes que convierten mis ojos en botones lo hacen posible. Mi puente nasal sostiene todo su peso.

«El Bartolo de clase, el ojos-lenteja de la segunda fila… ya me lo veo venir —pienso apesadumbrado mientras me rasco el brazo comvulsivamente: mi ansiedad excavando hasta hacer brotar “petróleo humano”».

—Son 890€ por cristal, más la montura… 1980€.

El rostro de mi madre se tensa, se deforma. Su mandíbula desciende, sus ojeras se extienden y finas venas amoratadas surgen entre el maquillaje cuarteado. «¿Quiero ser consciente de todo lo que me rodea?, mi “nublina” anterior era más satisfactoria. Al menos daba cabida a la imaginación…».

—¿Desea abonarlo en efectivo o con tarjeta? También aceptamos Bizum.

De repente, se le suman veinte años más: efectos colaterales de pertenecer a la clase media-baja. El morro de Bruno —nuestro shar pei— parece un lienzo completamente liso en comparación.

—Pero… ¿No estaban los cristales en oferta? —pregunta mi madre dubitativa mientras desdobla el panfleto publicitario oculto en su bolsillo—. Aquí pone. Pone……

Su expresión cambia por completo al echar un vistazo rápido a la letra pequeña. Un sudor frío recorre su frente, la hoja resbala de entre sus manos… Nos deleita con la recreación en carne y hueso del protagonista de El grito de Munch tras salir escaldado de la óptica.

Soy testigo. «¡Bendita ultra alta definición!».

—Cariño —dice con un hilo de voz que denota su pesar—, devuelve las gafas al señor, quizá más adelante…

Doy dos pasos atrás. El miedo se apoderada de mí. «¿Acaso alguien rechazaría tal superpoder una vez le ha sido otorgado?».

La miro aterrado. Sus ojos, vidriosos, me parten el alma. Lágrimas recorren su rostro: mi criptonita.

Me quito las gafas. Las lágrimas desaparecen, su cara rejuvenece, la mancha marrón me ladra.

«Supongo que, a veces, no ver con los ojos nos permite poder ver con el corazón», me dice el óptico cuando, al tercer intento, consigo entregarle las gafas.