¡A BAILAR!
PILAR CANOSA RAÑA | TONA

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¡Era un edificio imponente! De la mano de su madre, Soledad franqueó la enorme puerta de la entrada, y una mujer con pañuelo gris en la cabeza salió a su encuentro. Tras una breve presentación, su madre le dio un beso y se marchó con mucha prisa. Allí se quedó ella, aferrándose a su cartera nueva y con un nudo en la garganta. Tenía poco más de cinco años y estaba terriblemente asustada.

Sor Catarina, la mujer del pañuelo gris, le susurró:

– Ven. Te voy a enseñar tu clase.

La guio por el corredor hasta llegar a un enorme espacio de techo alto. Allí no había nada, pero en las paredes se podían distinguir las estrechas puertas de las taquillas, y al fondo se adivinaban los lavabos.

Por el portalón que estaba a su izquierda accedieron a un larguísimo pasillo. Sor Catarina abrió la primera puerta a la derecha, y ambas entraron en una habitación muy amplia y luminosa. El aula tenía las paredes cubiertas con paneles de corcho, de los que colgaban multitud de papeles llenos de colores. Olía a lápices y a libros nuevos.

– ¿Te gusta? – preguntó Sor Catarina

A Sole le gustó, pero no dijo nada. A la vista de tantos pupitres el estómago se le había encogido. ¡Cuántas niñas! ¡A saber cómo la mirarían! a ella, a la nueva.

Volvieron a la sala grande y Sor Catarina le dio la llave de su taquilla, la número 1120.

– Deja tus cosas ahí. La cartera no te va a hacer falta. Ahora tus compañeras están en clase de Gimnasia. Sígueme.

¿Gimnasia? Soledad odiaba la gimnasia y no tenía ropa de gimnasia, pero tampoco dijo nada.

Subieron por una escalera poco iluminada que le pareció escalofriante, pero la música que provenía del segundo piso la relajó un poco. Le gustaba mucho la música y le gustaba mucho bailar. En su habitación, a solas con su radiocasete, la vergüenza y la timidez eran todo empuje y desparpajo.

Sor Catarina abrió una puerta acristalada, le cedió el paso y desapareció. Soledad quedó estupefacta ante el espectáculo que descubrió en el interior. Allí estaban, un montón de niñas en pantalón corto brincando al ritmo de una música trepidante. Sobre una tarima, una mujer de pelo rojo marcaba los movimientos que todo el grupo debía seguir. Sole estaba absolutamente inmóvil.

La profesora Escarlata le gritó desde la tarima:

– ¡Venga! ¿Qué haces ahí tan quieta? ¡A bailar!

En ese momento algunas compañeras giraron la cabeza con curiosidad. El estómago de Soledad estaba ya tan encogido, que con el nudo en la garganta casi no podía respirar.

La profe la llamó:

– ¡Sube aquí conmigo para que te conozcan las demás!

Entonces ya no pudo más y se desplomó sobre las bolsas de deporte.

Treinta años después, desde aquella misma tarima Soledad exclamó: ¡Venga! ¿Qué hacéis ahí tan quietas? ¡A bailar!