a.C Y d.C (ANTES DE C Y DESPUÉS DE C)
Violeta Martín López-Ibor | Sauce llorica

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Tiene uno por cada primera vez. Hay fechas, palabras y dibujos. Los voy señalando con el dedo y me va contando mientras fumamos tumbadas en la cama. Está la espuma por la primera vez que sintió la levedad flotando en aquella playa. El nombre de ese bar de lesbianas donde entró de casualidad y que fue como cruzar un umbral a otra dimensión que explotaba de posibilidades y potencias, que era en sí misma una revolución y una promesa. El melocotón que se comió al sol apoyada en el quicio de la puerta de su primera casa y que le supo a esperanza, a gloria y a hogar. La fecha del día en que se miró al espejo y supo quién era porque no se negó, y además le gustó, y justo debajo la corona de flores del funeral de la norma. Las rocas desde las que saltó por fin y mató el vértigo.

Sin ropa, con las piernas enredadas en las suyas y un horizonte que se reduce a las dimensiones del colchón, siento que no tengo nada más importante que hacer ya no hoy, sino el resto de mi vida, que leerla ahora que es un libro con su historia impresa en tinta sobre piel. El mundo es este mapa de las cosas que fueron nuevas y la miro de una manera que no es mirar, que es adorar, que es luchar contra el parpadeo de mis ojos que no aguantan y piden clemencia porque voy a quedarme ciega de belleza. Estoy hasta el cuello y sólo la conozco desde ayer.

Mira, todo empezó con este. Es un corazón chiquitito tatuado en mitad de su esternón que tiene dentro una C. Mi primera chica. Fue el punto de no retorno, la fórmula, la catapulta, las alas, no me arrepiento y me da igual que me digan que es una puta horterada, un error imperdonable que sólo cometen los muy pringaos, dice, y se ríe, y yo no tengo absolutamente ninguna crítica que hacerle a ese corazoncito negro porque es que ahora mismo me cubriría el cuerpo entero con su nombre a brocha gorda. No le pregunto por C.

Vuelve a sonar la alarma de su móvil y cada tono son campanas de muertos para mí. Tengo que irme ya, voy a perder el vuelo. Claro, vamos, respondo intentando parecer una tía normal y sepultando las verdades que quisiera gritarle. Te amo. No quiero separarme nunca. Me siento jodidamente loca porque no hace ni veinticuatro horas que sé que existes y ya no puedo vivir sin tí. Tú eres mi C. En lugar de todo eso que me araña la garganta me levanto, nos vestimos, bajamos a la calle, nos despedimos, y cuando se marcha me apoyo en la pared de su edificio y me da casi un desmayo, y abro los ojos y ahí sigo de pie aunque me tiemblen las piernas, pero todo es nuevo, hasta mis piernas tiemblan diferente. Ahora soy otra. He conocido el amor.