A ciegas
Jesús Navarro Lahera | Paola Krane

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Irene salió del metro, soltó un resoplido y echó a andar calle abajo. Su ajustada falda roja solo le permitía avanzar a pasos cortos, y el repiqueteo de los tacones resonaba en el silencio de la noche. Aun así, caminaba seria y muy deprisa, aunque se paró en el cruce y sacó el móvil del bolso.

No tardó en sonreír al releer los mensajes que había intercambiado con su cita de Tinder. Luego comprobó el tiempo que se tardaba en llegar al café París, el sitio donde había quedado con ese hombre misterioso del que solo había visto sus penetrantes ojos negros, y entonces sintió un golpe en la pierna y lanzó un gemido.

Nada más girarse, Irene se encontró con un ciego trajeado que portaba un bastón en la mano izquierda. Le llamó la atención su amplia sonrisa, así como las gafas oscuras que llevaba puestas y en las que se vio reflejada.

―Perdón, ¿podría usted ayudarme? ―le preguntó con un tono musical en la voz que a Irene le erizó el vello de la nuca.

―Por supuesto.

―Necesito ir al consulado de la República Argentina. Está en la calle de Fernando el Santo número quince. El Uber que me trajo iba con prisas y debió marcharse. Sin embargo, antes de irse, me aseguró que estaba muy cerca. ¿Es así? Sé que puede resultarle un fastidio, pero ¿le importaría indicarme la forma de llegar?

Mientras lo escuchaba, Irene, además de mirar ensimismada su perfecta dentadura, revisó rápidamente en el teléfono que el lugar no estaba lejos, aunque en la dirección contraria a donde ella iba. Entonces, sin saber el porqué, le tendió el brazo y respondió:

―Claro, agárrese que le acompaño.

―Muchas gracias, no sabe cuánto se lo agradezco.

Al principio, Irene y el ciego caminaron entre diferentes personas por la avenida principal, y después, tras torcer a la izquierda, siguieron a solas por una calle más estrecha.

―Es usted muy amable. ¿Queda mucho?

―No, ya casi estamos llegando ―respondió Irene, que echó un vistazo al reloj y aceleró el ritmo.

―Espero que no vaya usted a retrasarse ―comentó el ciego al cabo de un rato.

―¿Por qué lo dice? ―contestó Irene, que de pronto se torció ligeramente un tobillo, y no tuvo más remedio que detenerse un momento y apoyar una mano en la pared que tenía a su derecha.

―¡Ah! Llegamos.

―No, es solo que me he……

―Tranquila, todo está bien, aquí es perfecto, solo relájate ―la interrumpió el ciego, que soltó el bastón, puso el dedo índice sobre la boca de Irene y luego, ensanchando la sonrisa, se quitó las gafas y mostró unos ojos rojos y unos colmillos enormes con los que le arrancó el corazón.