A CIEGAS
Rafael Martínez González | AFAR MELERO

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Hoy conjugan su primera cita, con el verbo disfrutar al otro lado de excitadas mariposas y cigarras. Primera cita, a ciegas, como mandan los cánones de los encuentros más descarados.

Son más allá de las nueve. Llevan una efímera eternidad juntos, y aún no se han mirado a la boca -desconocen que, entre ellos, solo hay un beso de distancia-, todavía se siguen mirando a los sonrojos -demasiados pasos con pies de plomo para este camino, la vida, tan etéreo y breve-.

Él no cesa de contarle sus ayeres más selectos, ya demasiado manoseados en otras primeras citas, esas donde al corazón le tiemblan las piernas y la voz se disfraza de intrigantes guiones, con la picaresca intención (o no) de llevarse el encuentro a la cama. Mientras tanto, ella no sabe dónde meter las manos de sus sentimientos, si en los bolsillos rotos de sus reincidentes errores o dejarlas emigrar hacia sus delirios más cercanos.

El postre entra en escena: una tarta de queso, sin gluten pero compartida. Dos cucharas brillan sobre una difusa y densa oscuridad: Él nació con la mirada inerte; ella perdió el sentido de la luz una grisácea mañana, cuando el destino la citó en la misma página, en la que un ebrio conductor escribía su rumbo con eses mayúsculas.

Continúan a ciegas, paladeando la tarta y las virutas del silencio, como dos niños que no se atreven a llevarse a la prosa, su primer verso.

Por otro lado, bajo la mesa, yo también interpreto mi primera cita -a lomos de una desbocada timidez-, junto a una preciosa Golden de tentador pedigrí y revolucionado rabo, que ha intuido en mí, un pacífico Labrador (ya se sabe que, perro labrador, poco mordedor), el humor de su sonrisa.

Arriba, nuestros dueños han pedido sendos cafés, azorados al ritmo de escandalosos giros de cucharillas, que buscan prolongar el encuentro (mucho ruido y pocas nueces); lo sé, me lo dice mi fino olfato. Abajo, a ras del cielo, nosotros dos nos olisqueamos hasta la sombra, y sospecho que no tardaré en ladrarle que, si el amor es ciego… yo seré su lazarillo.