A CIEGAS
Silvia Gonzalez Laá | SIL-B

3.4/5 - (5 votos)

Para no hacerse ilusiones respecto a la cita, empezó a imaginar a Mónica como una mujer poco agraciada y antipática. Eso evitaría que, llegado el caso, se le notara demasiado la decepción, provocando una situación incómoda que ya había vivido otras veces cuando sus expectativas se veían frustradas.

Quedaban tres semanas para el encuentro, tenía tiempo para imaginar la peor de las situaciones posible, de forma que la realidad sólo pudiera sorprenderle positivamente.

Tanto se esforzó, que empezó a obsesionarse con la desagradable imagen que había construido: sentía que la Mónica imaginaria le perseguía e incluso había empezado a hablarle. Al principio, todo eran reproches: la casa está sucia, siempre llegas tarde, dónde vas con esa camisa… Mónica se convirtió en una presencia constante y molesta. Al ser imaginaria e incorpórea, no había forma de evitarla: podía atravesar paredes y puertas para seguir discutiendo. Porque así era esa Mónica: no hacía más que discutir.

El acoso duró una semana. Después, cesaron las hostilidades. Se había acostumbrado a ella y las discusiones pasaron a convertirse en charlas amistosas. Él le contaba las cosas que le preocupaban. Ella, al ser sólo una imagen, no tenía preocupaciones propias, pero le escuchaba con paciencia y con cariño. Se reían mucho juntos.

En dos semanas se había acostumbrado tanto a su presencia que llegó a olvidarse de que no era real. Ponía la mesa para dos, le leía en voz alta, elegía la música que a ella le gustaba y empezó a salir antes del trabajo para pasar más tiempo a su lado.

Pero llegó el día de la cita..

Nervioso, se despidió de la Mónica imaginaria para ir a conocer a la verdadera, la de carne y hueso, que le esperaba tomando algo en la barra de un bar del centro. Era guapa. Mucho más de lo que no se había atrevido imaginar para no decepcionarse. Y no sólo eso. Tras una breve conversación, demostró que también era inteligente, divertida, ingeniosa, encantadora…

Pero… ¿Por qué no conseguía animarse, conectar con ella, sentirse afortunado? ¿Por qué tenía un nudo en la garganta y algo pesado le oprimía el pecho?

Ni siquiera se despidió. Dijo que iba al baño pero se fue directo a la calle. Corrió hacia su apartamento. Llovía, pero le dio igual mojarse. Tenía que volver a verla, decirle que la amaba tal y como era o, mejor dicho, tal y como “no era” en realidad, con todos los defectos que tanto le habían molestado y que ahora tanto echaría de menos. Tenía que pedirle que se quedara con él, decirle que sin ella nada sería lo mismo.

Al llegar a casa comprobó, desesperado, que la Mónica imaginaria ya no estaba allí. Se había llevado todas sus cosas imaginarias y ni siquiera había dejado una nota imaginaria de despedida.

Intentó volver a imaginarla con todas sus fuerzas, pero en su mente ya sólo aparecía la imagen de la Mónica real, tan atractiva, simpática, inteligente… tan perfecta. Una perfecta desconocida.