829. A CULO TAPADO NO ENTRAN RISAS
Vanessa Gil | Vanessa Gil

Era un martes cualquiera de mayo. Cualquiera, cualquiera no, era mi primer día de vacaciones desde que lo dejé con Miguel, siete meses atrás. Me levanté descansada, renovada y con muchas ganas de comerme el mundo. Decidí que el mejor plan, para ese primer día de libertad, era ver a mis abuelos. Así que una llamadita rápida a mi yaya me aseguraría unos espectaculares gazpachos manchegos a las 14:30.
Confirmada la comida, aposté por el tan moderno y avanzado autocuidado. Me picotee las cejas con las pinzas para quitarme esos malditos cuatro pelos que me dejan siempre una expresión de enfadada crónica. Me hice el bigote y embadurné mi cara con un mejunje receta de mi amiga Anita, a base de aceite, café y cacao. Era literalmente un coco que olía muy rico.
Cuando ya sentía dentro de mí al espíritu de Cleopatra después de mi sesión beuty, abrí la puerta del armario y me dije a mí misma; “Hoy me como el mundo”. Y ese comerse el mundo, está muy relacionado con expresiones como “hoy lo peto”, “hoy duermo en caliente”, “hoy parto con la pana” etc. Así pues, cogí mis medias transparentes, muy propias de primavera, mi tanguita de Hello Kitty con un pintoresco corazoncito de brilli brilli rosa, que decora el huesito del coxis, una minifalda vaquera de colegiala y una camisa rosa pastel a juego con mi tanga.
Me sentí una Diosa. Fue uno de esos días que a cada paso que daba me iba empoderando. Y como las emociones se contagian parecía que el mundo estaba siendo el primer observador de mi galáctica transformación. Un paso mío era una mirada lasciva. Daba igual que me encontrase con Toñi, la vecina del quinto, o con el barrendero o incluso con el anciano Tomás que siempre dormita en el banco de la esquina. Todos me miraban al pasar. Y yo me sentía Paulina Rubio en pleno concierto con el pelo al viento vitoreado por un secador que acompañaba cada uno de mis golpes de cadera.
Cuando llegué al andén dos; dirección Aluche, un guardia de seguridad, con unos bonitos ojos miel, se quiso acercar a mí con cierto rubor en sus mejillas. Yo me había percatado de que su mirada me había seguido durante unos metros y cuando le tuve delante muy nervioso y a punto de hablar, seguramente de su amor inesperado por esta musa con olor a vainilla, le puse un dedo en los labios y le dije muy segura y con cierta compasión: “Lo siento cariño, no estoy disponible”. Su mueca de enfado me dio a entender que había magullado su ego y comprendí lo difícil que tiene que ser Jennifer López rompiendo miles de corazones al día.
Mi endulzada caminata seguía sembrando decenas de ojeadas atónitas. Era incómodo hasta para mí. El saludo irónico de mi yaya me despertó:
– “Pero niña, que te has pillado la falda con los pantys y se te ve el gatito…”