A EXPONERNOS DESNUDAS EN UN PEDESTAL
OLIVER PEREZ VILA | MAZAPAN CROQUETA

4.7/5 - (50 votos)

No sabe dónde finaliza la adolescencia. Imagina que habrá líneas divisorias como las que delimitan los distintos estados. Y claro que puede poner un pie a cada lado pero no puede avanzar. Era tan bello que seguramente lo imaginó. Recuerda que alguna vez soñó que decía “je ne peux pas jêter l’amour par la fênetre”. Por desgracia no sabe más, salvo que su discurso duraba horas y era de una violencia extremada. No puede arrojar al amor por la ventana pero tendrá que arrojarse ella. ¿Sabe lo que se propone? Lo intuye. Y también presiente que su plan terminará en una terrible borrachera que la inducirá, sin duda, a pronunciar un nombre. Se dice “estoy muerta”, pero no es cierto. Es más: sus juegos constantes con el miedo, la vacuidad y la muerte no implican más que una alta vocación sexual. Es verdad, la muerte le da en pleno sexo. ¿Acaso no dice que, si no muere de muerte voluntaria, morirá de una terrible enfermedad uterina? Hay un error en su visión. Lo presiente pero no sabe dónde está. Únicamente husmea caninamente que miente. No sabe en dónde ni por qué. El misterio es uno y el mismo: ¿Por qué ese rostro la obligó a cantar y a despojarse de su gravedad, de su tristeza? Lo descubre: se puede morir de presencia. Va a ir por el miedo al miedo. Va a descubrir su violento amor propio, desplegado sobre la mesa como un mapa. Tropieza con la puerta. La voz es clara, inconfundible:

-He venido.

Quiere entregar un trozo de su vida tan oscuro que se pudiese confundir con un trozo de su muerte.

-Quiero quedarme a dormir.

-De eso nos conocíamos. Un apuro. Una urgencia. ¿Para ir a dónde?

-A perder definitivamente el respeto.

-A exponernos desnudas en un pedestal.