A FALTA DE AMOR
Virginia Núñez Martínez | Iria Claudia

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Sonrió satisfecha mientras dejaba su reloj de pulsera sobre la mesilla de noche. Le gustaba convertir cualquier cosa en una competición consigo misma, y hoy había batido su récord de permanecer abrazada a alguien después del coito: once minutos. Cuando creces en una familia como la de Laura Valdés sabes que tu lugar solo se conquista siendo la mejor. Le quedó meridianamente claro a sus seis años, cuando Papá Noel había pasado de largo por haber obtenido plata en la olimpiada de matemáticas. Hija de diplomático y arquitecta de renombre, Laura aprendió pronto que la poca atención que a sus padres les quedaba disponible se conquistaba a fuerza de mérito. Así, se había empleado meticulosamente en cosechar sus miradas orgullosas: siendo alumna destacada desde la primaria hasta la universidad; premio extraordinario de la Academia de Genética; la embrióloga más reputada del mejor hospital del país; y, recientemente, a sus treinta y un años, la mujer más joven con un premio Nobel en su haber.

A las seis de la mañana se levantó con cuidado y entró en el baño. Mientras tiraba de la cadena se vio reflejada en el espejo, completamente desnuda, y se sintió tan segura de sí misma como tras su primera vez, sobre las colchonetas de aquel gimnasio de colegio de élite: a sus catorce años había descubierto en las ansias desbocadas de aquel pelirrojo que sus formas femeninas eran como un tarro de melaza en un criadero de moscas. No había sido fácil, sin embargo, entrar en Raya, la ultraexclusiva aplicación de citas para famosos. No obstante, una vez aceptada, pronto hubo varios candidatos a hacer «match» con ella. Para la primera cita escogió a su escritor favorito. En cola para el «match», por el momento, un renombrado director de orquesta, el CEO de Amazon, dos laureados cineastas, un investigador del Pentágono, el presidente de un país nórdico y un cómico español que le hacía especial gracia.

La cita con el escritor de «best-sellers» estaba yendo a pedir de boca. La copiosa cena había dejado paso a la pasión en aquella encantadora suite del Ritz. A los pocos minutos de dejarse ir gozoso dentro de ella, el no tan agraciado literato roncaba merced a la pizca de escopolamina cuidadosamente colocada en la última copa. «Vamos a por el segundo orgasmo», se dijo Laura. Sacó el tarro del bolso y se empleó a fondo en ponerle a punto, hasta que la muestra llegó, acompañada de un gemido de placer. «Eso, majete, sueña que recoges el Premio Planeta». Guardó la muestra y se volvió a acostar.

No le llamó nunca más. Tampoco al resto de distinguidos «matchs» que tuvieron el gusto de conocerla «en profundidad» en los meses subsiguientes, sin ser conscientes de la flagrante literalidad del «me llevo mucho de esta cita» con el que se despedía de ellos.

Dos años después, al parir a aquel niño con un octavo de material genético de cada uno de aquellos hombres, acarició la esperanza de, al menos, poder admirarlo.