876. A FONDO BLANCO
Luz Marina Sarmiento C. | Selene

Hay historias que dan pena. Una prefiere olvidarlas, pero existen pasadizos secretos por donde se devuelven las traicioneras imágenes. Evoco aquella vez que terminé condenada por el tribunal del despecho, sin más consuelo que el placer de una noche de copas. La imagen de aquel hombre que me olfateó como a una hembra en celo. No se le pudo ocurrir antes, con dos horas de vuelo y faltando diez minutos para el aterrizaje, tuvo el valor de presentarse. Me invitó a cenar. Sola, sin prejuicios, sin nada que perder, acepté la invitación. A las nueve de la noche ya estábamos en el sitio convenido, un bar ambientado en una antigua abadía. Un joven vestido de monje nos condujo a su interior. El lugar transmitía un aire sacro. Invadidos por el misticismo de aquel lugar, pedimos el vino recomendado por la casa. Revivo la imagen de aquella noche sin un atisbo de melancolía, con algo de bochorno. O de risa. Lo seduje con historias de aventuras, poesías, premios, viajes imaginarios. Parecía jodidamente feliz. Mientras él me aburría con una crónica de fracasos que no quería oír. Pero no tuve opción. Propuso un brindis en la penumbra de aquella taberna. Brindemos con las dos copas juntas y con la izquierda, dijo. Entrelazó los brazos a los míos en posición de brindis y como el dicho aquel, ¡para que se repita amor, para que se repita, esta y todas las noches! Nadie lo comprende. Nadie lo quiere. En medio de las quejas invocó el buqué del rioja, para que se repita amor. De pronto, sentí serpentear por entre mis muslos los aromas del vino con intensidad de rosa. Estremecí, mientras él cataba el aliento tinto de mi boca Ya era más de la medianoche, yo iba por la última copa, él por el último sorbo. Así le llegó el amor, ahora él me amaba. ¿Tú también me amas? El amor entre copas es tan falso y tan ridículo, pero nos hacía felices. ¡Volveremos esta noche, a la misma hora, en el mismo lugar! ¡Salud, volveremos!, le respondí emborrachecida con la dicha del amor correspondido. Ya cerca de la madrugada me acompañó hasta el hotel con la promesa de una nueva invitación. Llegó la noche. Esperé hasta las once, el hombre no llegó. ¿Y dónde le quedó el amor, dónde las promesas, dónde los te quiero? Me fui al bar. Aguardé con impaciencia. A la medianoche pedí una botella de vino con dos copas. Estaba segura de que volvería. Cuando llevaba más de media botella creí verlo frente a mí, como una figura fantasmal, atolondrado y feliz. Él levantó la copa. Su voz sonaba lejana, un poco extraña. ¡Para que se repita amor para que se repita y se repita de nuevo el giro de esta copa!
Ahora me asaltan los recuerdos de aquel encuentro, me pregunto qué se hizo ese hombre que bebió de mi copa hasta llegar a fondo blanco. Ese hombre que nunca más volvería a ver.
Selene