A LA FUGA TRAS TREPAR UN ÁRBOL
Francisco Manuel Cano Aceituno | Fran Cano

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—Por favor, no lo publiques.

Si el alcalde está enfrente de mí en esta terraza de bar de polígono —sudadera negra y mayas grises—; si por primera vez me concede una entrevista en persona; si empieza el encuentro con una súplica, es porque piensa que lo grabé.

—Pida lo que quiera, Martín —le digo y tomo un sorbo de café, la sonrisa condescendiente, la voz firme aunque ligeramente impostada. Cuando colaboro en la radio me lo dicen, «no fuerces la voz, Samuel, te queda bien tu color natural», pero mi voz es mi fantasma. Prefiero escribir y por eso trabajo en el periódico El Liberal, antesala de la pensión que viene.

Martín pide agua con gas, parece inquieto en la silla de plástico, mira a la derecha y luego a la izquierda. Sólo hay otra mesa con gente. Son dos chicos con el mismo modelo de gorra Nike. Beben cubatas y acumulan vasos sucios. Es la segunda tarde de la primavera, el alcalde de la ciudad no sabe cuánto le queda en el cargo y es consciente de que todo depende de si yo cuento o callo. Regresa el camarero —joven, brazos con tatuajes y pelo plateado— y le sirve el agua con gas. Se nota que no sabe quién es el alcalde. Martín, apresurado, le quita el precinto a la botella y bebe a morro.

—Mira, Samuel. Ahora que te conozco en persona, estoy más tranquilo. Como tú digas lo arreglamos. Sentido común, por favor.

—No voy a contarlo.

Martín calla, me mira desconfiado y luego continúa:

—¿De verdad?

—No, se lo prometo. ¿Qué hacía el alcalde trepando un árbol de madrugada?

Martín mira hacia abajo, se echa sobre la mesa, inspira y expira, y vuelve sobre sí mismo.

—Me grabaste. Te avisaron esos hijos de puta, seguro —dice mascando las sílabas.

—Pero ¿por qué trepó un árbol?

Yo paseaba por el parque La Gloria aquella madrugada, y en un momento me pareció que era él, saqué el móvil y me puse a grabar a un hombre muy delgado trepando un árbol, dejándose caer al rato y huyendo a toda prisa nada más pisar tierra. Me acerqué lo suficiente y, aun estando seguro, lo certifiqué repasando la grabación al llegar a casa. Era el hombre más querido de la ciudad.

—Esto se me irá. Me están tratando —dice y las lágrimas se le caen con perfecto sentido del drama.

—¿Desde cuándo está usted loco?

—¿Vas a publicar el vídeo?

—No, no. ¿Desde cuándo está medicado?

—Tres… cinco meses.

—Más.

—Un año. Llevo un año.

El móvil en el bolsillo graba la entrevista. En un polígono al atardecer dijo adiós a la política Martín Durán, el alcalde que huyó tras trepar un árbol.