1164. A LAMUCCA
Ángeles Vázquez Estrada | Valeria Estrada

Empecé a oír esa risita en cuanto Ramón salió a escena.
La conocía muy bien. La había oído desde que tengo uso de razón y siempre me había recordado al sonido que emiten los delfines.
Como los fieles alumnos de Juan Tamariz que tanto Ramón como yo éramos, podíamos dejar sin palabras al público con una baraja de cartas a la vez que le hacíamos reír con un comentario, ese con el que nos llevábamos su atención donde queríamos.
No entendía por qué ese día con Ramón se reían más. ¿Se reían más o era que la carcajada en i tapaba el resto?
Al principio le di la importancia justa, pero a medida que avanzaba la actuación empecé a no poder pensar en otra cosa, salvo que en mis trucos no oía la risa tipo delfín.
¿Por qué se reía con Ramón y no conmigo? ¿Qué sería tan gracioso? ¿Su barriga cervecera? ¿Esa incipiente calva contra la que luchaba dejándose largo el pelo de detrás? Lo ignoraba, pero lo que sí sabía es que en cuanto Ramón asumía el protagonismo en el escenario esa risa que parecía que acabaría en el ahogamiento por falta de aire de quien la protagonizaba invadía toda la sala.
Llegó un momento en que empezó a clavárseme en el cerebro e hice lo que nunca debe hacer un mago: tratar de forzar la gracia de mis chistes. Lo único que conseguí fue que, además de seguir oyendo la risa de delfín cada vez que Ramón abría la boca, no me acompañara ninguna cuando lo hacía yo.
El silencio se hizo tan denso que tuve que confesar. “Perdonen, señores. Esa que se ríe como si fuera a morir cada vez que el calvo este sale a escena es mi madre. Mamá, ya está bien, que el que te va a llevar a cenar esta noche, soy yo”.
Menos mal que oí con nitidez cómo me respondía la risita tipo delfín que me había dado la tarde.