200. A MI NIETO LE GUSTARÁ
Ernesto Hidalga Erenas | Hidalga Erenas

Atónito, presencio cómo el autobús se va. No me ha visto. Sé que no lo ha hecho a propósito, hoy iba con mucha prisa. Estoy acostumbrado, no es la primera vez que me pasa. Tendré que esperar, aunque más vale que no tarde, una señora mayor se ha sentado a mi lado y ha empezado a mirarme de reojo por encima de sus gafas. No me da buena espina. Para colmo de males, acaba de llegar un adolescente de esos a los que no les caigo bien. Lo sé por sus pintas. Por suerte, no se ha dado cuenta de mi presencia. La mujer lo saluda por decoro, pero el joven ni siquiera responde, está demasiado enfrascado en su móvil. Ah, los móviles. No me gustan. Bueno, tampoco los ordenadores, ni las televisiones, ni casi nada tecnológico. Vale, las radios y los aparatos de música sí, porque suelen hacerme compañía, pero los móviles⁠…⁠, ufff. ¿Será cierto eso que he oído de que hay quienes los usan para leer? La verdad es que dicen que pueden hacer muchas cosas, pero yo creo que solo sirven para mirar tonterías. ¿O quizá pienso eso porque, como opina alguna gente, soy de otra época? ¡No! ¿Qué sabrá la gente que está enganchada a esas cacharros? Vaya, ahora se pone a llover. ¡Si es que hoy no es mi día! Menos mal que estoy resguardado por la marquesina. ¡¿Cómo?! ¡La señora me está tocando! ¡Eh, oiga, un poco de respeto, que ni siquiera la conozco! ¿Pues no le está preguntando al muchacho si soy suyo? ¡¿Pero cómo voy a ser suyo si yo estaba aquí antes que él?! ¿Qué hace, señora? ¡No me coja! ¡Déjeme!
⁠—⁠Seguro que a mi nieto le gustará ⁠—⁠murmura la mujer para sí mientras se recoloca las gafas.
«¡¿Cómo está tan segura, eh?! ¡Suélteme, que no es la primera vez que me extravían en un sitio y luego regresan a buscarme!» grito. Pero, como me pasa siempre, olvido que soy un libro y que las únicas palabras que las personas pueden comprender de mí son las que tengo escritas en mis páginas. Así que me resigno mientras la señora me guarda en su bolso. Echaré de menos a mi antigua dueña. Era una chica algo descuidada, sí, pero muy simpática. Y, lo más importante, era una lectora voraz que tenía las estanterías de su habitación repletas de libros de todo tipo, aunque con predilección por clásicos de aventuras y fantasía juvenil. Ah, me sentía tan a gusto rodeado por los míos. También ha sido mala suerte que, al sacarme de su mochila para reordenar algunas cosas, me haya dejado fuera. Pero no la culpo, hacía días que estaba estresada por los exámenes de la universidad. ¡Pobre, ya verás qué chasco se lleva a la hora del almuerzo cuando vaya a leerme y vea que me ha perdido! Sobre todo porque me dejó justo en el último capítulo.