¿A QUÉ PISO VA?
MARIA CRISTINA PRADOS SÁNCHEZ | JACKIE MUDEVER

Votar

Dicen que hay una primera vez para todo y para todos. Yo afirmo que existe una “peculiar” primera vez para los tipos como yo. Vaya por delante, para evitar malos entendidos, que la forma de referirme a mí mismo como “tipo”, es por pertenecer a ese grupo de personas de las que todos tienen una anécdota, y, en mi caso, la que cuentan los que me conocen, siempre es sobre mis primeras veces. Por ejemplo: la primera vez que viajé en avión, un error informático hizo que se mandaran todas las maletas de los viajeros al otro punto del planeta. La primera vez que estuve con una chica, entraron a robar a su casa. Y la primera vez que fui a una entrevista de trabajo, que era para un puesto serio, estable, de esos en los que matarías tan solo para que alguien leyera tu curriculum, al que te has estado preparando durante toda tu carrera…se estropeó el ascensor conmigo dentro y con una única persona más: mi futura jefa. Había estado cuidando todos los detalles, eligiendo bien la ropa, la colonia que me iba a poner aquel día. Incluso fui a arreglarme la barba a una de esas barberías de moda. No pude comer nada antes de la cita. Mi estómago era como un tobogán lleno de niños locos tirándose por él una y otra vez, con los zapatos llenos de arena. La noche anterior, mi novia, con la mejor de las intenciones, decidió que fuéramos a cenar a un restaurante al que volveríamos para celebrar que me habían dado el trabajo. Me dejé el plato casi lleno. No sé por qué, pero a mí los nervios se me enganchan en el mismo lugar.

Conseguí llegar con tiempo suficiente al imponente edificio de cristal en cuya decimocuarta planta estaba la empresa a la que debía impresionar. Cortésmente cedí el paso a una mujer que entró con calma en el ascensor. No habíamos llegado al tercer piso cuando éste se detuvo. Aquella mujer ni se inmutó. Se limitó a sacar el móvil y hacer una breve llamada, indicando a un subordinado la situación. Debió ver mi gesto de angustia al consultar mi reloj, y me preguntó con amabilidad a qué piso iba, sin desvelar quien era cuando le relaté brevemente mi temor a perderme una cita tan importante. Comenzó a sonsacarme información personal sin que yo me diera cuenta de que, en realidad, le estaba poniendo al día de toda mi vida. Cuando me preguntó mirándome a los ojos por qué debería conseguir un trabajo en esa empresa tan importante, mi estómago empezó a dolerme, y solo puede pensar en lo que había visto escrito en la carta de aquel restaurante la noche anterior. Contesté: “ponemos un precio acorde al producto de calidad que ofrecemos y al esmerado servicio que brindamos”. Cuando salí del ascensor había conseguido mi primer trabajo.