A riesgo de repetir
César Gimeno Damiá | Thor

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La calle ha oscurecido debido a un apagón. Ella está nerviosa, ¿quién no lo estaría dadas las circunstancias? Es la primera vez que se cita con un desconocido. Temía que no se presentase. Esas cosas suceden constantemente.

Unos pasos se aproximan, una silueta negra crece hasta detenerse frente a ella.

—No te esperaba tan guapa —dice la sombra.

—Yo ya ni te esperaba —responde. Luego ríe torpemente.

Él le acaricia el cabello.

—No importa —dice—, más pronto o más tarde ibas a conocerme.

—Estás muy seguro de ti mismo, por lo que parece.

—Y, ¿por qué no iba a estarlo? Estás aquí, después de todo.

Ella frunce el ceño. Nada está saliendo según sus planes. Tampoco importa demasiado. No va a casarse con ese tipo. Tan solo tiene que matarlo.

Saca un revolver y encañona al hombre en el pecho. El arma tiembla en su mano.

—Ahora creerás que estoy loca.

—Muy cuerda no pareces —responde con voz serena.

—Estoy convencida de que siempre lo han pensado. Ya sabes… lo de que me falta un tornillo.

—¿Quiénes?

—Pues todo el mundo. —Ríe como una lunática—. Ayer decidí que había llegado el momento de darles la razón. No se puede luchar contra el destino toda la vida.

—No me importa. Te quiero de todas formas.

—Así que me quieres. ¿Me querrías también si te pegase un tiro?

Él se encoge de hombros. Su rostro permanece inexpresivo.

—Pero ¡¿a ti qué te pasa?! Antes de que aparecieras iba a arrancarte las entrañas. Es la primera vez que mato a alguien. Todavía no soy una asesina, pero lo haré. Solo dame unos segundos. Estoy decidida. No me pienso echar atrás.

—Tómate tu tiempo, no me moveré de aquí. Puedes confiar en mí.

—¿Te estás quedando conmigo? Como te muevas, te vacío el cargador. No te va a reconocer ni tu madre.

—No, de verdad que no. Tómatelo con calma. Hay que disfrutar cada segundo de vida.

—Sí, en eso tienes razón. Estoy nerviosa, pero son nervios buenos. Como los de una actriz antes de salir a escena. ¿Comprendes lo qué te digo?

—No estoy del todo seguro. Raramente me pongo nervioso. Quizá cuando conocí a Reagan.

—No pareces tan mayor. No me estarás tomando el pelo, ¿verdad?

—No bromearía sobre eso, mujer.

Ella se lleva la mano libre a la sien. Su gesto es de dolor. Cierra los ojos un par de segundos. De pronto los abre y grita:

—¡Ya está bien, estoy harta!

Pulsa el gatillo y un estallido rompe la oscuridad en mil pedazos.

El revólver cae al suelo con un sonido metálico. Un dolor agudo le aguijonea el pecho. La mano se ha convertido en un muñón sanguinolento.

—Conmigo siempre es la primera cita —dice él.

—Pero ¿quién cojones eres? —las palabras escapan de su garganta mezcladas con sangre.

—Mucha gente me conoce como La Parca.

Las rodillas de la mujer se doblan y queda tendida en la acera, moribunda, bajo la paciente mirada de la muerte.

—La primera. Y la última.