A solas en Boston
Catalina de Bonilla Butragueño | Cata Bobu

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La primera noche que llegue a Boston fue muy dura (a pesar de ser el inicio de la aventura mas importante y divertida de mi vida). Era la primera vez que había hecho muchas cosas sola. Viajar a Estados Unidos sola, dormir en una residencia de estudiantes sola, incluso mi primera vez en Boston, también sola. Los nervios y la anticipación de “¿el que sera?”, no me dejaron prepararme de lo que iba a ser esa primera noche.



Una vez asentada, con las sabanas en la cama, un paseo con otra niña española que se encontraba en la misma situación que yo, y una ducha de repente empece a sentir algo que nunca había sentido: soledad. En mi vida siempre había estado rodeada de gente, al ser la hermana pequeña de cuatro. Nunca había estado más de unas cuantas horas sola realmente. Y en ese momento, no entendía que tenia que hacer con tanta soledad, veía como las horas se extendían en frente de mi. Me puse a llorar. No podía llamar a nadie, todo el mundo estaba dormido. Me sentía sola a pesar de saber que no estaba sola, tenía a mi familia y amigos en España, pero el sentimiento era tan fuerte que no me podía imaginar que en las siguientes semanas crearía una familia bostoniana que me ataría para siempre a la ciudad.



Esa noche fue eterna, dormí tres horas por el jet lag, y sucedió algo que nunca me había pasado. Tome la decisión de salir a correr. Ya había intentado correr antes, pero era un deporte que me costaba y que me aburría. Sin embargo, esa noche al no tener nada que hacer y sentirme tan sola decidí que ¿por que no? Eran las 4:30 de la mañana, prácticamente noche cerrada. Cogí mis cascos, me puse los leggings, una camiseta, una sudadera y las zapatillas de correr. Salí por la puerta y sin pensármelo me puse a correr por la ciudad. Así es como conocí por primera vez el parque de mi ciudad Boston Comons, un parque mas pequeño que Central Park en Nueva York o que el Retiro en España pero igual de precioso. Estaba lleno de ardillas y de otros corredores que me hicieron pensar que al igual no estaba tan sola. Que todos estábamos en una situación similar y que solo faltaba tiempo para conocernos entre todos y matar esta soledad de forma conjunta.



Cuando volví a mi habitación me dedique un día ha explorar la ciudad, apuntar restaurantes que quería probar, ir a un museo, comer algo rico, sentarme en el rio y dormir la siesta al sol. El primer día donde empecé a conocerme a mi misma. Mi primera cita conmigo misma de muchas.