A una risa de distancia.
Fernanda Vicente Rivera | calavera pelele

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Lorena echó un vistazo al móvil por tercera vez consecutiva. Habrían pasado ya unos 25 minutos desde que su cita empezó.

A pesar de que la charla seguía con un poco más de soltura, los nervios en el estómago persistían, y el nudo en su garganta se desenredaba lentamente, sin llegar a alcanzar el ritmo de la conversación.

La primera impresión había sido buena. Ambas parecían contentas la una con la otra; las miradas de reojo y el ardor de sus mejillas eran buena señal, y la comida, que eligió cuidadosamente, había estado deliciosa. Sin embargo, lo que le mantenía nerviosa era lo siguiente: habían acordado que cada una escogería una parte de la cita. Ella se encargaría del restaurante y Sofía del ocio después de la cena, pero esta no había cedido a su curiosidad por saber qué sería, así que era un secreto.

— ¿Estás lista para la sorpresa? — dijo Sofía, con una expresión pícara y divertida.

— C–claro. Le he estado dando vueltas toda la noche.

—Pues prepárate, porque…—fue sacando lentamente una mano del bolso hasta que reveló dos pequeños papeles rectangulares — ¡Tengo entradas para la monologuista que te gusta!

Y Lorena palideció.

Había pocas cosas que odiaba en el mundo. Los grillos, el terciopelo… cosas bastante irracionales. Pero una de ellas era algo humillante, que la había hecho el blanco de burlas durante mucho tiempo; su risa. Tenía una de esas risas estridentes e incontrolables, con un ligero matiz porcino. Aunque sabía disimular en situaciones normales, ir a ver ese espectáculo podría arruinar su cita.

—¿Qué pasa…? ¿No te gusta? — Sus ojos lucían decepcionados.

— ¡No! No, o sea, ¡sí! ¡Claro que sí! — intentó salvar ella— Solo me ha sorprendido que te acordaras de eso… perdona.



Llegaron al show y se sentaron. Primera fila. El espectáculo estaba a punto de comenzar, y Lorena a punto de tener un ataque de nervios. No sabía si soportaría los chistes con serenidad.

Una figura empezó a caminar hacia el centro del escenario con lo que parecía… un sombrero y una cáscara de plátano. Era el número favorito de Lorena. El que SIEMPRE le hacía llorar de la risa. Vio caer la cáscara a cámara lenta, a la monologuista retroceder y resbalar con ella, y sintió en su pecho un burbujeo que le subía por la garganta; como una olla a presión al borde de la explosión. No aguantaría mucho más.

Estaba haciendo una fuerza sobrehumana para contener la risa cuando, de repente, una sonora carcajada estalló en su oído izquierdo. Una risa grotesca, que subyugó a las tímidas del resto del público. Sofía se encontraba roja y le miraba con un poquito de vergüenza.

Lorena la observó desconcertada, y empezó a notar el burbujeo salir de control, hasta resbalar por sus labios de forma brusca; como una palabra de amor que se escapa antes de tiempo. Tenía la risa más ridícula que había oído jamás.

Y se echó a reír con ella.