A VECES NO QUIERES `PALABRAS
Esperanza Vélez | susurro

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A VECES, NO QUIERES PALABRAS



Ahora sube los dos pisos de escaleras que le llevarán a su casa. Piensa en darse una ducha muy caliente, tomar un infusión y echarse un rato en la cama hasta la hora de salir. Hoy tiene una cita a las nueve en Lamucca. Al llegar al rellano de la escalera mira a la otra puerta, la que hay frente a su casa y se sorprende, está abierta unos centímetros. Y aunque no vaya a entrar, le llama poderosamente la atención y se imagina que alguien está esperando. Tan solo una vez, hace pocos días, ha visto la espalda de quien cierra esa puerta de enfrente. Recuerda el traje gris masculino de rayas verticales blancas, el pelo cortado como el de un varón y zapatos negros con tacón de aguja. Tiene la imagen tan fresca como si la viera ahora mismo.

Duda unos segundos pero finalmente abre su puerta mirando de soslayo la otra. Desde ese día se inquieta un poco con el vecino, pero hoy quizás se inquieta más. Se ducha y al salir se enfunda su albornoz blanco y se tumba en el sofá mientras su cabeza no para de dar vueltas. Cierra los ojos y busca unas manos que desde sus pies, suban acariciando todo su cuerpo hasta sentir unos labios que inundan su boca de placer. Nota como su cuerpo se excita y piensa que tiene al lado a alguien que le desata el deseo. Pero está ella sola y abre los ojos.

Se incorpora y llega hasta su puerta. Comprueba por la mirilla que la puerta de enfrente permanece abierta. Un fuerte calor se apodera de su cuerpo y afloja el nudo de su albornoz dejando su cuerpo más visible. Su corazón empieza a latir más deprisa y su sexo se va mojando y llenando. Cruza el descansillo, empuja la puerta y pasa a la casa mientras con una voz entrecortada y jadeante va diciendo: hola.

La inquilina está casi desnuda. Tan solo una braguita cubre su vulva sin vello y una camiseta muy corta y blanca oprime sus sobresalientes pezones. Se sitúa por detrás y se queda desnuda dejando caer su albornoz blanco por la espalda de su cuerpo. Empieza a besar su cuello, acaricia su vientre y excita su clítoris hasta que su vecina llega al orgasmo. Ella ha llegado al clímax sin que la tocaran. Espera unos segundos oliendo la piel de su vecina, después se enfunda el albornoz y sale de la casa. En su primer encuentro lésbico no quiere oír ninguna voz, solo sentir.