1160. A VECES PASAN COSAS RARAS
Sergio Daniel Gaut vel Hartman | DAGAVHA

Soy un sujeto resentido, lo admito, inadaptado e intolerante. Mi padre era más ateo que un termo y mi madre acólita de los mormones. No pregunten cómo se conocieron y mucho menos cómo pudieron concebirme. De hecho, el atropello se consumó una noche que no tuvo ayer y tampoco mañana. Me criaron entre los dos, una semana cada uno, lo que, naturalmente, generó en mí una irrefrenable aversión por todo lo que fuera religión y su opuesto, lo que en cierto punto es exactamente lo mismo. Es decir, crecí odiando a todos y a todo; en síntesis, me convertí en un detestable misántropo. Detestaba a la humanidad hasta el punto de que mi mayor deseo era desatar el Apocalipsis mediante una peste universal o un cataclismo meteorológico, aunque tenía un problema: ¿cómo atacar a unos sin beneficiar a los otros? Dinamitar el Vaticano o infiltrarme en el Partido Comunista para difundir las ideas de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer no serviría para nada. Así que, tras mucho meditar, decidí hacerme escritor y publicar novelas negativas y oscuras, en las que todos los personajes fueran malos, feos, sucios, grotescos y aborrecibles. Si ustedes piensan que nadie compra esa clase de libros, se equivocan. Los cultores de lo feo son tantos o más que los que aprecian la belleza. Y, a mi pesar, me hice tan rico que los poderosos del planeta empezaron a leer y admirar mis libros y se vieron horrorosamente reflejados en ellos, porque leer acerca de magnates tan inmundos como ellos, curas pederastas y comunistas dogmáticos los hacían sentir bien y les permitía drenar su mierda interior a través de las ficciones, evitando así tener que rendirse cuentas de los excesos y perversiones de las que eran protagonistas en la realidad. Esto me perjudicó, ya que terminé siendo más rico que Bill Gates, Elon Musk y Jeff Bezos y empecé detestarme por ello. Era tan rico y exitoso que vivía en un infierno constante, por lo que decidí quitarme la vida. Tomé una Uzi que me había regalado Iddo Gal, el hijo del inventor del subfusil israelí, y me lo puse en la boca, con tan poca fortuna que me gustó el sabor, empecé a lamerlo y chuparlo. Por primera vez disfrutaba de algo total y genuinamente. Está de más decir que no jalé el gatillo, doné toda mi fortuna a la Iglesia Sincrética Universal y como recompensa fui abducido por una nave proveniente del Cinturón Hitilén, en la galaxia Andrómeda. Los hitilerianos (que por una de esas coincidencias que hacen que el universo sea un lugar divertido se llamaban igual que una famosa banda de punk-rock somalí) me nombraron Emperador de la Galaxia (de la de ellos, no de la nuestra) y me concedieron Inmortalidad Ilimitada Gratuita. Ahora puedo confesar que soy feliz y planeo casarme con la Madre Teresa de Calcuta, eficazmente clonada por el sabio indio Rajmanahabib Chandrogarhadath Sanadoval usando una escama de caspa de la santa.