A VECES PIENSO EN TI.
Gustavo Barrios Muñoz | Jonás Larsen

2.3/5 - (3 votos)

Siempre la misma luz. Las mismas sombras proyectadas cada noche en la pared frente a nuestra cama. No querías bajar la persiana, y me acostumbré a dormir en aquella tenue oscuridad ruidosa.

Es lo primero que recuerdo cuando pienso en el tiempo que pasamos en aquella ciudad en la que no elegí vivir. Y en el olor a abono por las tardes. Esos años, esa ciudad, eres tú. Mi primera relación, los primeros errores que no he querido volver a cometer.

De esos cuatro años, lo primero que recuerdo son las sombras nocturnas en la pared. Y el olor. Normalmente recordamos el olor de un perfume o de alguna comida. Yo te recuerdo por el olor a la mierda de animales que ayuda a que los cultivos crezcan, y no es ningún ejercicio de venganza ingeniosa. Esa ciudad huele así.

Resulta difícil recordarte. Doliste durante un tiempo, y ahora me sorprende la indiferencia que siento hacia alguien que lo fue todo.

Haciendo un poco de esfuerzo, recuerdo el día en que nos conocimos. Principios de Septiembre. Y la noche en la que empezó todo. Finales de octubre.

En su momento fue emocionante. Cómo inventamos una excusa para dormir juntos, y nos encontramos de repente cara a cara, nerviosos al sentir que el espacio entre los dos se reducía veloz y lentamente al mismo tiempo. Segundos que duraron años, años que ahora son segundos en mi memoria. Así empezó nuestra historia, dos cuerpos frente a frente disimulando las ganas, resignándose a estrellarse.

Después de esa noche, nuestra primera cita. Aún vivíamos en Madrid, me citaste en aquella plaza que se abre en la calle Pez. Llegué nervioso, con mil preguntas en la cabeza, con mil posibles escenarios, casi todos negativos. Preparado para el rechazo, para ser el “amor prohibido”, el amigo inesperado. Preparado para que no estuvieras preparado.

Pero llegaste, oliendo a Fahnrenheit, como la noche anterior, pero sin trazas de vodka. Llegaste, y me besaste. Cogiste mi mano y entramos al restaurante. Hablamos de nosotros, y bebimos mucha cerveza. Planeamos ese viaje que abrió nuestras mentes y vació nuestros bolsillos, y me mirabas con deseo entre bocados a una tarta de frambuesas.

Salí de allí cruzando la misma puerta donde llovía la incertidumbre dos horas antes, queriendo repetir la noche anterior y deseando que esa noche no acabara. Subimos Molino de viento hacia mi casa, y antes de subir, pronunciaste la única alusión a esa conversación pendiente que habíamos ignorado: Espero que sea la primera cita de muchas. Será difícil, pero quiero pertenecer a tu mundo y que tú pertenezcas al mío.

Después de eso subimos las escaleras torpe y rápidamente mientras sonreíamos como tontos.

Recuerdo los detalles al releer algunas de tus cartas. Hasta ahora estaban enterrados entre los desprecios que la inmadurez de ambos se encargó de echarnos encima.

Así comenzó todo: Nosotros, Madrid, Europa. Esa ciudad del sureste que nos destrozó.

A veces pienso en ti, en esa noche. En la Felicidad.