551. A VER SI SE LO PREGUNTA USTED
Aldo Merlino | Endodoncista Arrepentido

El proceso llevaba ya más de una hora sin avanzar. Cuando se dirigió al abogado, el Juez utilizó un tono severo:
—¿Puede decirnos, de una vez, si su defendido se declara inocente o culpable?
—Pues no podría precisarlo, su señoría —respondió el defensor, con evidente nerviosismo.
—¡Pero por lo menos explíquenos cuál es el motivo que el reo aduce para haber cometido el delito! —inquirió el magistrado, con evidentes signos de fastidio.
—¿Y cómo voy a saberlo? —contestó el otro, sintiéndose cada vez más acorralado—. ¡A ver si se lo pregunta usted!
El juez perdió la paciencia y amenazó:
—¡Señor González, le recuerdo que como letrado está usted obligado a proporcionar todos los datos procedentes a este tribunal! ¡Le sugiero que aproveche su oportunidad, antes de que declare culpable a su cliente!
—¡Pero su señoría! —reclamó el abogado—, lo único que sabemos es que el imputado estiró el brazo a través de los barrotes y cogió de un manotazo el bolso y la peluca de la demandante
—señaló a la anciana sentada en la primera fila—. Luego de eso, no ha dicho nada más.
El martillazo del juez resonó en todo el recinto:
—¡Pues no me queda más remedio que condenarlo a reclusión perpetua en su celda, de donde nunca deberá salir!
El enorme gorila sentado en el banquillo de los acusados, aún con el bolso en sus manos y la peluca rubia en la cabeza, permaneció impasible ante la sentencia. No había nada que agregar.