231. A VUELTAS CON LO MISMO
ESTELA SÁNCHEZ SIERRA | Diana F.

A VUELTAS CON LO MISMO

Esta vez lo ha logrado, ahí está, rozando la perfección. Su figura clásica realza el eslogan innovador: ¡compra!. Un simple imperativo no le garantizaría la buena jubilación y retiro que desea tener pasados otros veinte años.
Hace ya dos décadas que Ignatius ocupa su silla giratoria en el despacho de la cuarta planta del edificio más alto y céntrico de la ciudad. Disfruta haciéndola girar, girar, y girar sobre si mismo, sabe que esta rotación perpetua le hace hallarse en el lugar y en el puesto que tanto merece. En esto ocupa su tiempo, cuando Rodolfo, el director del Departamento de Números y Apaños, llama a la puerta e interrumpe su danza giratoria y sus, también, cavilaciones circulares.
Año tras año, Ignatius diseña tazas promocionales y Rodolfo se encarga de mantener los números en orden, tanto, que la foto de resultados de final de año se asemeja siempre al feng shui que emana de un jardín japonés.
Rodolfo, expone a Ignatius sus directrices para abordar los asuntos de urgente necesidad y conseguir mantener la compañía a flote, órdenes que Ignatius acata sin dudar, para lo que llama a Belladona, la Jefa de Personal, que se apresura a entrar en la sala para acabar en el sótano -3, dirigiendo con tino al cuerpo de autómatas.
A Belladona le apasiona la vida natural, que adereza con toda clase de hierbas, inciensos, y ropa holgada; esto le permite libertad de movimientos y, además, disimula las consecuencias de los atracones de azúcar en los que cae cuando no es capaz de controlar su energía.
Bajar al sótano -3 con su esterilla al hombro es el mejor momento del día, ejecutar su danza ante el cuerpo de autómatas para conseguir la coreografía más productiva y equilibrada.
La danza comienza con varias series de saludos al sol, con el cuarto todo el cuerpo de autómatas empieza a trabajar, el teclado es pura seda y sus dedos las piernas de un bailarín de ballet.
Tras una jornada fructífera, Belladona ejecuta varios saludos a la luna para detener a los autómatas, sin embargo, algo falla cuando un pinchazo en la zona lumbar, la deja clavada mirando al techo, y no le permite salir de la postura de la cobra. El cuerpo paralizado de Belladona, lanza a los autómatas una orden equivocada, que siguen las nuevas instrucciones y, por primera vez, abandonan el sótano -3. Con pasos largos y lentos, brazos estirados, ojos en blanco y dejando caer alguna baba en la moqueta, recorren el edificio hasta llegar a la cuarta planta, entran en los despachos y empujan en sus sillas a directores, subdirectores, trepadores y soplones hasta expulsarlos del edificio. Algunos acaban arrojados a la Cibeles, otros se agarran a la e del cartel de Tío Pepe. Ignatius va a parar a la plaza de Callao, donde, rodeado de transeúntes, músicos callejeros, manifestantes y captadores de oenegés, seguirá hasta la jubilación, haciendo girar su silla y sus cavilaciones.