ABRIL
Angel Picón Loranca | Eliseo Ortiz

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Alzó la copa y brindó, un brindis solitario. Nadie más le acompañaba en la mesa. Avisó al camarero con un leve gesto.

— ¿Desea qué le sirvamos?

—Sí, mi cita ya no creo que venga. Quiero un chuletón, muy poco hecho, que sangre.

—Enseguida.

Abril nunca había sido su mes, este año no iba a ser una excepción. Su padre murió en estas fechas, hace ya tantos años. También era abril cuando se casó con Marta. Él no era supersticioso, pero se permitió fabular por un momento con la idea de un mes maldito. Rápidamente, la deshecho, qué tontería. Él siempre había pensado que la suerte no existía, ni la buena, ni la mala. Todo era cuestión de perspectiva, el mismo suceso te perjudicaba o beneficiaba según te pillara. Qué les preguntasen a las langostas encerradas en las cocinas del Titanic, lo qué opinaban del naufragio del buque. Sonrió con lo absurdo de la cuestión.

Apuró el vaso de vino y volvió a llenarlo, hasta arriba. No tenía el número de teléfono de la mujer que esperaba, todas las veces que se habían comunicado, utilizaron la famosa aplicación de citas: Tinder. Era la primera vez que se citaba con una desconocida, siempre se mostró en contra de ligar por internet. Cruz, su compañero de oficina, no había dejado de darle la turra hasta que consintió en instalar la app en su smartphone.

—Ya verás, Felipe, vas a flipar.

—No me creo nada, Juan.





Y allí estaba, solo en un restaurante, en una mesa para dos, con dos platos, dos servilletas, dos copas y dos juegos de cubiertos. Al menos, allí no le conocía nadie, había puesto cuidado al elegir el local para la cita.

Descartados los lugares habituales, eligió un asador, Mireya le había confesado entre risas que era una amante de la carne. Se alegró, su última pareja, si se podía llamar así, fue una relación breve, era vegana. Salir a comer con ella era casi una odisea. En aquella pequeña ciudad del norte de Castilla, no abundaban los restaurantes vegetarianos.

Perdón, veganos, que Laura tampoco ingería ni lácteos ni huevos. Él, que comía de todo y con placer, jamás entendió esa dieta.

—No es una dieta, es un estilo de vida.

—Lo que tú digas.

El camarero volvió a su mesa, llevaba con él una bandeja: un auténtico chuletón de Ávila, de kilo y medio de peso. Su aspecto no podía ser más apetitoso.

—Aquí lo tiene, espero que disfrute.

—Seguro que sí.

Justo cuando se disponía a atacar la carne; una mujer morena se sentó a su mesa.

—Hola, Felipe, disculpa el retraso, no te creerías lo que me ha pasado.

En ese momento lamentó su llegada, iba a tener que compartir el chuletón con ella. Definitivamente, abril no era su mes