¡Abuelaaaaaaaaa!
Helena Ortiz | Sirenita

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¡Abuelaaaaaaaaa! Grité desesperadamente, pero ella no me respondía, no se movía y estaba inusualmente fría; precisamente ella que había sido siempre un ejemplo de cariño y calidez. No me lo podía creer. No sabía qué hacer.

Intento respirar. La tristeza me paraliza.

Me siento en el suelo, apoyo mi espalda sobre la cama donde yace muerta mi abuela, y yo lloro en la más amarga desesperación: ¡qué injusticia! ¿por qué ella? ¿por qué ahora?… justo ahora, cuando más la necesito.

Precisamente esta noche, cuando ella tenía que cuidarme, a mí, que soy su nieta pequeña. Precisamente esta noche que mi madre había quedado en su primera cita con un tal “Fernando”. Mi madre me dijo que esta vez era especial, que él era cariñoso, culto, divertido, deportista … a ella se le veía feliz antes de su primera cita; pero ahora yo soy la que estoy aquí sola, destrozada, sin saber qué hacer y siendo la más infeliz del mundo.

Con los ojos inundados de lágrimas; la garganta seca de tanto gritar mi desgracia; la mente desbordada por los múltiples recuerdos del pasado que se enredan en mi cabeza y sé con certeza que ya no volverán a repetirse: las caricias de mi abuela, sus besos y abrazos, las conversaciones intrascendentes, sus anécdotas de otras épocas, los cotilleos familiares, el contraste de las fotografías brillantes que yo le enseñaba en mi móvil y las descoloridas que ella me mostraba en un obsoleto papel Kodak, con las que compartía conmigo historias familiares del pasado… y ahora esos recuerdos ya no se transmitirán en el futuro. Una memoria rota por la muerte injusta. Quizás otra más de las miles que ocurren diariamente en el mundo; pero esta vez es mi abuela, y es a mí a quien me deja herida para siempre.

Nunca los recuerdos volverán a ser los mismos, ni los cuentos que me contaba, ni las sopas que me cocinaba ahora, yo tengo que enfrentarme sola a una nueva perspectiva de la vida, porque se me ha caído un pilar fundamental en mi existencia.

Y tengo que tomar ahora mismo una decisión ¿a quién aviso?: a la policía, al hospital más próximo, al 112, a mi madre que estará encantada amaneciendo en brazos de Fernando tras su primera cita.

No, he madurado, y no le voy a molestar. Necesito que sea feliz, al menos unas horas más, hasta que se entere de la noticia. Tomo yo la decisión:

– 112, ¿dígame?

– Hola. Soy una niña y estoy en mi primera cita. Mi primera cita con la muerte.