978. ACELGAS EN NAVIDAD
Iván Zarco Pareja | Mata Las Cañas

Mamá está siempre con lo de que hay que ser generoso. Solo conozco una persona más pesada que ella, la tutora del comedor. Todos los viernes me obliga a comer acelgas. ¡Las odio! Pero mamá nunca las cocina y por eso me puse tan feliz cuando empezaron las vacaciones.
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Mi abuelito no es malo, pero siempre me agua la fiesta con lo de que hay niños en el mundo que no tienen la misma suerte que yo.
─ Ellos no tienen tantos juguetes.
─ ¿Y sus abuelitos compran tanta lotería como tú?
─ No, porque esta es la Lotería de Navidad y las familias pobres no tienen Navidad.
─ Eso es muy triste, abuelito.
Casi se ahoga mi abuelo. Intentó chillar pero no pudo, porque siempre tiene una cosa en la garganta que se llama carraspera. Desde antes que naciera mi madre jugaba a los mismos números y por primera vez le tocaba algo. ¡El Gordo! ¡A mi abuelito! ¡4000.000 eurazos! Eso son… 400.000 juguetes, supuse.
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─ Esta es la mía, tete, voy a conseguir que mamá y el abuelito se sientan tan orgullosos de mí que les va a dar igual el día que pronuncies tu primera palabra─ le dije a mi hermano, aprovechando que aún no puede chivarse.
Por la noche, cogí el décimo de la billetera del abuelo, lo metí en un sobre y bajé a la calle para echarlo al buzón. “Para los niños pobres del mundo”, escribí por fuera.
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Me van a tener que volver a explicar eso de la generosidad y lo de compartir con los demás, porque a ver de qué tengo yo que estar comiendo acelgas el día de Navidad si me he convertido en la persona más generosa que conozco. Y conozco muchas, que ya tengo siete años.