344. ACELGAS
ALBERTO RAMOS DÍAZ | Ardeparís

ACELGAS

La culpa fue mía, por pedirle a Consuelo que me pusiera unas chuletas de cordero para cenar. Si no se lo hubiera dicho, no habría pasado nada, pero quería celebrar que después de seis meses a base de acelgas por fin me había bajado el colesterol.
Y Consuelo me las puso. Una docena. De las de palo. Con sus patatas panaderas y unos champiñones de adorno, que debían ser alucinógenos por cómo me llevaron al mejor de los sueños. A lo que había que sumar la botella de Rioja que me alivié copa a copa con frases del tipo “¡esta por el colesterol bueno! ¡esta porque me da la gana!”. Sé que envalentoné y que ella empezó a hacerse ilusiones de que más tarde, en la cama, iba a darle una de aquellas noches gloriosas de cuando éramos novios. Se la veía feliz imaginando lo que les contaría a sus amigas de pilates al día siguiente.
Pero fue apurar el último sorbo de tinto crianza y caer redondo en el sofá como un muerto al que no le da tiempo a anunciar sus últimas voluntades. Metí la cabeza entre cojines y me perdí en brazos de un Morfeo caprichoso, que me llevó vagando por salas de cine de barrio donde entrábamos sin pagar. Debían ser los años cuarenta o cincuenta, lo digo porque todo era en blanco y negro, y no había tecnicolor ni nada que se le pareciera. Y sin estar seguro de si aquello era Lavapiés o Manhattan, yo presumía de ser un galán de esmoquin y zapatillas, que guardaba en su bolsillo el resultado de una analítica colesterol cero, mientras recortaba trocitos de celuloide para componer la versión 5.1 de la mujer perfecta. Casi la tenía terminada con el pelo de Rita Hayworth, los ojos de Lauren Bacall, los pechos de Sofía Loren y las piernas infinitas de Marlen Dietrich, y no me quedaba más que quitarme la ropa y navegar como un náufrago por su cuerpo, cuando un codazo me despertó y me devolvió a la realidad. Era Consuelo. Llevaba puesto el camisón rojo-guerra y me miraba sin dejar lugar a dudas de lo que quería.
—¿Verdad que soñabas conmigo? —Me preguntó.
Iba a decirle que sí, que soñaba con ella, cuando la miré de arriba abajo, vi su tinte de supermercado, sus ojos diminutos de presbicia, sus pechos colgantes y sus piernas patizambas. En vez de mentir me eché a llorar. Y aquel llanto, que debía haberla enfadado porque era mi modo de rechazarla, solo sirvió para que me acariciara el pelo, me abrazara sin pedir nada y me dijera:
—Lo ves, Mariano. Lo tuyo es cenar acelgas. Anda, vamos, que te preparo una manzanilla.