159. ÁCIDO LÁCTICO
Sofia Cuervo | Sof

Se cae el cielo.

No puede despegar los ojos de la ventana. El agua la calma. Le da paz el contraste entre el caos de afuera y la quietud de adentro. Cada tanto la idea de toda esa gente en la calle mojándose la distrae de su trance, eso y sus obligaciones. Sabe que se tiene que parar. Activar, mover esos músculos que tan poco los usa. En cualquier momento van a llegar los zánganos. Esa prole de sanguijuelas que parecen respirar todo su aire.
Nunca se imaginó en esta situación.
Ella, tan alumna ejemplar, tan hija y amiga dedicada. ¿Cómo terminó acá? Hace rato se lo pregunta, pero hace años se prometió no darle tantas vueltas al asunto.

En su lugar, cuando éstos pensamientos la asaltan, abre Instagram y se pierde. Imagina vidas mejores, se regocija con los viajes ajenos, con esas sonrisitas de ingenuos. Ya me gustaría ver que carita pones cuando te pases un mes entero sin dormir -piensa. De vuelta el agujero negro. Abre las fotos menos complejas, playas, paisajes, mascotas. Pero esta vez eso no le alegra.

Fuera el cielo sigue cayendo con una determinación feroz.

Escucha el ascensor. Le ordena al cerebro que le ordene a ese amasijo de sangre y células que tiene de músculos que se muevan, que activen. No pasa nada. Pero el ascensor sigue su curso. Zafó. Aún tiene un par de minutos de gracia para seguir quejándose.

Asique este es el puto matriarcado que tanto queríais queridas -dice con un hilo de voz. Comienza a reírse. Pero no es una risa alegre. Solo su vibración le pondría los pelos de punta a cualquiera. Es una risa oscura, dejada, húmeda. Que lindo sería morirse de risa, piensa mientras tose los vestigios de aquel brote. Dejar este mundo entre jadeos y suspiros. Definitivamente mejor que seguir viviendo de esta manera. De eso está segura.

Quiero ver de que les van a servir esos pañuelitos verdes y violetas. Quiero ver cuantas de ustedes se animan a llegar a los 30 solteras y conquistadoras, cuántas van a poder mirar la lupita de Instagram, sumergirse en vidas perfectas y ajenas, perfectas y tradicionales y no desear lo mismo. Las quiero ver a todas estas revolucionarias en diez años, probablemente en menos.

Cuando mira para afuera nota que ha parado de llover.

Sabe que es cuestión de segundos. El agua era lo que los mantenía alejados de aquella trinchera que llaman hogar, pero ahora no hay excusa. Van a llegar. Vamos querida, ¿qué pasó con todo ese fuego interno? Úsalo para prender la hornalla al menos.

El ácido láctico llenando cada célula muscular.
El ascensor moviéndose.
Esta vez son ellos.
Está segura.
Son ellos.
Se paran.
El ascensor y ella.