397. ACTUALIZACIÓN DOCENTE
JOSE IGNACIO GUERRERO VARA | PROFEMORIARTY

Quiero dejar claro delante de todo el claustro que no había ninguna razón para lo que pasó. Algunos de los que hoy estamos aquí reunidos menearán la cabeza, se reunirán en corrillos y dirán que lo vieron venir, pero creo que demostraré fehacientemente que nada de lo acontecido en este instituto de secundaria la tarde de las evaluaciones pudo preverse o anticiparse de ninguna manera. Y puedo apostar todos los almuerzos de aquí a fin de curso a que estarán más que de acuerdo conmigo.
No hace falta leer en voz alta las actas anteriores para ver que recibimos al nuevo compañero con los brazos abiertos. El departamento de Lengua incluso compuso un poema, aunque él se limitara a archivarlo, después de apuntar que algunas metáforas estaban calcadas de poemas de Marinetti. Estábamos felices con su presencia. Quizá la palabra no sea “felices”, pero era uno más.
Los alumnos no le querían, pero tampoco le odiaban. Nadie puede decir que el nuevo profesor interino trabajara mal. Cumplía su horario escrupulosamente. Era puntual en las guardias y no se quejaba al acabar a última hora. Nada se le reprochaba en cuanto a conocimientos, sus lecciones eran precisas, nadie podía pillarle con una leve inexactitud en los datos y reaccionaba con rapidez a los desafíos de los alumnos disruptivos. Mezclaba disciplina y análisis de las pulsiones psicológicas adolescentes. ¡Hasta diversificaba su atención y apoyaba de forma individualizada a los alumnos con necesidades educativas especiales!
Algunos defenderán que se percibía una corriente de animadversión, pero ¿cómo odiar a alguien tan eficiente y capacitado? La profesionalidad es merecedora de respeto. Y el “respeto” se lo había ganado de sobra. Es verdad que lo mirábamos entre paralizados y confusos. Resignados a la comparación desventajosa, a ser arrollados por su fría competencia. Pero ese es el primer paso de la emulación: nos enseñaba a ser mejores. Y rellenaba estándares de evaluación e items de competencia.
Puede que lo odiáramos un poco. Sobre todo durante recreos y horas libres, cuando bajábamos al bar, a tomar un café y un pincho de tortilla. Él acudía pero no consumía otra cosa que electricidad, se limitaba a enchufarse al adaptador de corriente para recargar batería. El primer día desconectó el cable de tragaperras, y, Carlos saltó la barra y casi se lo come… solo el profesor de Educación-Física logró sujetarlo en el último momento. Al día siguiente nos aseguramos de que hubiera una regleta con cuatro tomas.
La verdad es que muchos defensores no tenía, ni dentro ni fuera de las aulas. Era frío, perfecto y odioso. Pero insisto e insistiré una y mil veces en que el hecho de que lo encontraran formateado y balbuceando incoherencias por los pasillos del instituto con la cabeza del jefe de estudios en la mano no tiene que ver con que algún miembro del departamento de Tecnología al que represento instalara un virus en su sistema operativo.