ADIÓS
María José Amor Pérez | María José Amor Pérez

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«-¡Levantaros, hay que irse ya!- avisó el padre aquella mañana a sus hijos- es lo que acordamos con el resto del grupo.

Así que, al escuchar su voz, unos antes y otros después, los hijos fueron abriendo los ojos a la vez que se sacudían la pereza.

Pero uno de ellos, que no dio señales de haberlo oído, siguió acurrucadito en su rincón.

-¡Hala!, que nos están esperando- dijo el padre al no obtener respuesta.

Y entonces intervino la madre:

-Ha pasado mala noche pensando en el viaje, pobrecillo. ¿No podríamos esperar unos días? Ya sabes que siempre ha ido algo retrasado respecto a sus hermanos.

-No, no podemos- dijo el padre-Tenemos que ir todos juntos, ya lo sabes; el grupo sale hoy. Solos, pereceríamos en un camino tan largo y difícil.

-Y ¿qué hacemos con él? No puede quedarse aquí, no sobreviviría el invierno- añadió la madre.

-Es ley de vida. No podemos hacer nada. Date prisa o se irán sin nosotros. Si nos retrasamos, no solo él, sino el resto ¡moriremos! – respondió él triste, pero a la vez muy resoluto-¡venga, hay que ser fuerte!

La madre se acercó al hijo débil, lo tapó un poco, le puso comida y se fue llorando y, tras darle un beso picudo le dijo:

-Adiós, no puedo hacer nada. Solo pido que alguien te salve- Y se fue llorando pensando en el hijo que perecería solo por ser débil.

El pobre pollito, al ver que la familia lo abandonaba se puso a llorar. Tan fuertes eran sus gritos que los vecinos acudieron al nido encontrándolo solo. Y les dio tanta pena que decidieron ayudarlo.

Una señora lo llevó a su casa y lo examinó detenidamente. Vio que aún tenía algo de plumón de bebé, así como unas plumas del ala derecha entrecruzadas que le dificultarían el vuelo. Al no saber qué hacer, lo envolvió y lo llevó al veterinario.

El veterinario lo examinó detenidamente le arregló las plumas dictaminó:

-Está desnutrido y a la vez inmaduro- y, sacando unas bolitas de un cajón y metiéndolas en una bolsa de papel, se las entregó a la señora diciendo:

-Dele tres bolitas cada día de este pienso. Mañana ábrale la ventana. Con un poco de suerte, irá adquiriendo fuerza para volar e incorporarse a algún grupo de los que están viniendo de África.

Así lo hizo la mujer. Al principio, el pollito comenzó a revolotear por los árboles próximos, alejándose cada vez un poco más, pero volviendo siempre a ella.

Hasta que finalmente, el pollito, convertido en una joven golondrina pudo alzar el vuelo y unirse al grupo que en ese momento surcaba el cielo en busca de lejanas tierras, donde sus otros nidos los estaban esperando.

La mujer lo vio ascender con alegría y añoranza a la vez pero, cuál fue su sorpresa cuando vio que, a mitad del camino se paraba, volvía hacía ella y revoloteaba por encima de su cabeza mientras movía el ala derecha diciéndole ¡ADIÓS!

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