177. ADOLFO Y ALFREDO
Marta Moneo Arias | Marta Moneo

Hay tres cosas en la vida que no se me pueden dar peor: el deporte, las matemáticas y recordar los nombres de la gente. Por suerte para mí, existen la zumba y las calculadoras, sin embargo, os contaré alguna que otra anécdota a modo de brindis por todas aquellas personas a las que les cambié el nombre. Desde luego, no podría hacerlo sin mencionar a Adolfo y a Alfredo. Para ello, me remonto a hace unos años cuando trabajaba en una editorial que, desgraciadamente no marchaba demasiado bien. En unas navidades, la empresa consiguió una gran oportunidad de la que dependería su supervivencia y, como es normal, con aquel proyecto tan importante entre manos, la tensión se respiraba en el ambiente. Durante ese tiempo, mi jefe, Alfredo, se paseaba inquieto entre las mesas supervisando el trabajo que llevábamos a cabo con su habitual rostro serio que tanto le caracterizaba. Un día, entre tanto estrés debí cometer algún fallo que hizo que Alfredo tuviera que darme un toque de atención. Sin darme ni siquiera tiempo para rectificarlo por mí misma, me llamó con tono de enfado. Yo, que me asusté por escuchar mi nombre salir de su boca, le respondí tímida: ¿Qué pasa, Adolfo? Y de repente, sin yo entender el porqué, noté cómo su cara se descompuso. Con incluso más seriedad de la que ya nos tenía acostumbrados me miró y, esta vez bajando la voz y realmente sorprendido, me preguntó: ¨Perdona, ¿qué me has llamado?¡¿Golfo?!¨ Conociéndole, os prometo que pensé que me iba a despedir, pero en ese momento los nervios me obligaron a echar una carcajada de la que todavía me acuerdo con vergüenza. Afortunadamente, creo que mi risa dio por hecho que se trataba de un malentendido y lo único que hizo fue ¨invitarme¨ a tomar un descanso. El siguiente año, a pesar de que ¨El Golfo¨ cerrara la empresa y me fuera de cabeza al paro, fue un año lleno de buenas noticias, entre ellas, el nacimiento del hijo de mi amiga Ana. Aunque Ana y su marido Adolfo parecían una pareja tremendamente feliz, él siempre que podía le reprochaba una infidelidad que descubrió entre Ana y su anterior pareja, Alfredo. Cuando llegué a la habitación del hospital para conocer al pequeño Jorge, emocionada, me acerqué al matrimonio para darles la enhorabuena y, al mirar al bebé, el gran parecido físico que tenía con su padre me empujó a exclamar: ¨¡Madre mía, es igualito a Alfredo!¨. Tardé un segundo en darme cuenta cuando Ana ya me estaba clavando los ojos y Adolfo, por no enturbiar un momento tan feliz, se levantó del sillón dirigiéndose hacia el pasillo. Rápidamente rectifiqué en alto para que Adolfo pudiera escucharme: ¨¡Igual que Adolfo, sí!¨ Al cabo de los años Ana y Adolfo se divorciaron y ahora Ana, Jorge y yo nos reímos de esta anécdota. Nunca he vuelto a encontrarme ni con Adolfo ni con Alfredo y la verdad que menuda pena, ¡justo cuando había conseguido aprenderme sus nombres!