466. AGAPITO DE AMOR
Javier Rodríguez Cabello | Ana Aranaz de Arana

Habían contactado a través de una famosa aplicación de citas, muy utilizada por monjas y operarios de peajes, sin saber aún que esas innovaciones las cargaba el señor más malo que pudiera encontrarse en ultratumba. Porque era malo con ganas, y de esas ganas había nacido su invento para formar parejas o lo que surgiera, que a veces surgía una mesa de oficina o un melón piel de sapo, cuando no un largo celibato de los que provocaban temblor de manos.

Ella respondía por el nombre de Ágata, eterna aspirante a un Premio Nobel de Química que nunca llegaba, y divorciada de un astronauta por entenderle mal adónde la iba a llevar de luna de miel, que acabó en realidad en una granja apícola de Tomelloso. No fumadora de 1,68, con tacones fumadora.

Él era, en cambio, un vendedor de chuches de tierno carácter y oriundo de Matalascañas, aunque vivía, como todo buen vividor que se precie, en Soria, de nombre Arturo. De nombre Arturo el lugar, no el sujeto, aunque éste se llamaba también Arturo, siendo tocayo, pues, de la zona en la que residía. Siempre llevaba camiseta cuando se fotografiaba para sus perfiles en redes, lo que atrajo la mirada de Ágata, aunque ella prefiriera su belleza de frente.

Una vez que hicieron “match” y pasaron a ser “matchistas”, por muy feministas que se declararan, decidieron emplazarse en algún sitio neutral, un punto intermedio que a los dos les pudiera venir bien. Y el punto exacto para que les diera igual, no que no les importara, sino que estuviera a la misma distancia de ambos, calculada vía satélite, fue el bar de una gasolinera en las inmediaciones de Ciempozuelos. Un pequeño ágape o, lo que es lo mismo, un agapito, de tan frugal que iba a ser, les juntaría en esa su primera cita.

Ya en el lugar indicado, aunque llegaron ambos puntuales y no había nadie más que un par de camioneros cuyo aspecto no respondía a los perfiles ni de Ágata ni de Arturo, les costó reconocerse. A falta de flores, Arturo le llevo a Ágata un tarro de berenjenas. Ella no pudo ponerse más colorada, y cambió en sus redes sociales el estado con el iconito de la caca sonriente por un corazoncito volador que el autocorrector convirtió en un hígado o un páncreas. La cosa prometía. Pidieron gazpacho. Ella le preguntó si le gustaba con cebolla o sin cebolla. Él, viendo química en la química, respondió a su vez preguntando si se refería al gazpacho. “Lo que sea”, dijo ella. “Depende”, fue la respuesta de Arturo. Y no hizo falta mucho más. A los cuatro meses ya estaban viviendo juntos en Soria, de nombre Arturo. Un año después les casaba por lo civil y por lo penal un hijo de Berlusconi metido a edil en Chamartín. Envejecieron muy rápido y, una vez jubilados, por aburrimiento, adoptaron a un ornitorrinco al que llamaron Bobby y que les sobreviviría con su escueta herencia por mucho tiempo.