52. AGAPITO GRANDE
Aitor Bergara Ramos | Jardiel Poncela

A juzgar por su nombre de pila y sus propias palabras, Agapito Grande fue un niño indeseado por sus padres. “Normalmente, las personas dan a sus mascotas las sobras de su comida, y mis padres hacían eso, sí, pero justo al revés: era yo el que se comía las sobras del perro”, ha llegado a admitir Agapito, en algún show, después de tomarse un par de chupitos de más.
Tal y como puede sospechar cualquier individuo mínimamente empático, con ese nombre, la infancia y adolescencia de Agapito fue una sinfonía de escarnios. El pobre, no tardó en resignarse a volverse, y a responder, lo más airoso posible, al nombre de Pito Grande, pronunciado con esa ironía sañuda que tan a menudo, para desgracia de muchos, emplean los púberes y los jóvenes, y a aguantarse las lágrimas cada mañana de colegio y de instituto, cuando sus profesores pasaban lista y las consecuentes, estruendosas mofas taladraban, primero sus oídos y después, su corazón.
Todas las variantes, por ridículas y vulgares y poco ingeniosas que fueran, de esa nefasta —por no decir abyecta, deleznable, onerosa…— combinación de nombre y apellido eran esperables e incluso bienvenidas por Agapito Grande: Mr. Dick, Señor Pene, Hombre-falo, etcétera.
Así, bajo estas condiciones, dentro de este oprobioso, tristísimo marco psicosocial, hubo de madurar nuestro Agapito. Y sin embargo, ¡ah!, eso no le impidió cultivar, para exhibir más tarde, un don excepcional: ¡la risa!, la innata capacidad de tronchar al de enfrente, de dejarlo llorando, retorcido, con agujetas en los abdominales y la mandíbula desencajada, incluso sin pretenderlo.
Cruce entre Woody Allen y Chiquito de la Calzada, en lo físico —salió a su tía paterna— y en lo profesional, Agapito es hoy un mago de la risa, un cachondo mental, cuya sola presencia destierra el sufrimiento del alma más atormentada, los complejos de los acomplejados y, casi, la pobreza material de los parias, los obreros y los marginados. Tan es así, que es requerido en bodas, bautizos y comuniones, hospitales, teatros, shows televisivos en prime time; en graduaciones, cumpleaños y entierros. En efecto, ¡también en los entierros! La gente que no se ha muerto, directamente, escuchándole a él, quiere escucharle póstumamente. Agapito está en todas las últimas voluntades. ¡Ay!
En su célebre ensayo “La risa”, el filósofo Henri Bergson se preguntaba: “¿Qué significa la risa? ¿Qué hay en el fondo de lo risible? ¿Qué puede haber en común entre la mueca de un payaso, el retruécano de un vodevil y la primorosa escena de una comedia?” Hoy, en el año 2022, podríamos responder, sin el más mínimo temor a equivocarnos: Admirado Henri, en el fondo de lo risible, ahí, en esa oscuridad milagrosa, nació y creció Agapito Grande. Agapito, el Grande.