179. AGNUS DEI
Verónica Díez Arias | Pop Art

Lo que más deseaba era tener un trabajo. Treinta y un años y solo había hecho unas prácticas aburridísimas al terminar la universidad. Consumía las mañanas en portales de empleo de Internet y pasaba de vez en cuando por la oficina de empleo a solicitar algún curso y ver las ofertas. Así conseguí una entrevista inesperada para trabajar de guía museos.
Me vestí lo menor que pude, y las mentiras salieron de mi boca con la misma naturalidad con la que lo hubieran hecho de haber sido verdades. Inventé que había trabajado en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, en el Centro de Interpretación de Atapuerca, cuando jamás había estado allí, para terminar, añadí que había sido guía en Toledo de El entierro del conde Orgaz, de El Greco.
Debió de parecerles bien a las personas que me entrevistaron porque a los dos días ya tenía trabajo en un museo importante. Se inauguraba una exposición temporal de Andy Warhol y tenía solo cuatro días para preparar la visita.
Me habían dado una lista con los títulos de las obras que se iban a exponer y busqué toda lo documentación que pude de Andy Warhol; me empapé de ella hasta memorizarla; observé sus cuadros durante horas frente al ordenador.
Llegó el día de mi primera visita guiada, me coloqué los cascos con el micrófono y dije:.
–Buenos días, me llamo Nuria y voy a ser vuestra guía en esta visita de Andy Warhol.
Vi que algunos fruncían el ceño, otros murmuraban y se miraban sin comprender.
–¿Sucede algo? –pregunté.
No era a Andy Warhol lo que venían a ver, habían pagado por la entrada general del museo. Aquello me parecía una broma siniestra, de esas cosas que te pasan y te dices, por poca pena que quieras darte ¿por qué me tiene que pasar esto a mí? Pero me armé de valor.
–¿Quieren hacer el favor de seguirme?
Y me siguieron. Me detuve ante el primer cuadro. De espaldas a mi público lo contemplé el cuadro: en el lienzo no había más que ¿una cabra, una oveja, un cordero? blanquísimo encima de una mesa atado de patas como para un sacrificio; no pude sentirme más identificada con él. No se parecía en nada a ninguna de las pinturas de Warhol que yo había preparado con tanta entrega. Me acerqué a la placa al lado del cuadro: «Agnus dei, Francisco de Zurbarán».
Me volví.
Qué me llevó a tomar la decisión de soltar la perorata que tenía aprendida de Andy Warhol lo ignoro, pero recité todo lo que llevaba aprendido, salvo que cambiaba el nombre por el del pintor que correspondiese: Zurbarán, Rubens, José Madrazo.
Al acabar, el sonido de los aplausos del público, agradecido, me sumió en el mutismo.
Ya llevo nueve meses, ahora estoy estudiando a Chirico para una retrospectiva de Ribera. De momento nadie se ha quejado. Igual para cuando eso suceda y me despidan ya tengo suficiente tiempo cotizado y puedo cobrar el paro.