Aguacates y mangos
Ofelia Lopez Sosa | Lia

Votar

Eran las cinco de la mañana y ya estaba despierta.

“Son las once en Madrid”, pensó.

Se sentía cansada e intentó volver a dormirse, pero no lo consiguió.

Recordó dónde estaba, y se preguntó cuándo tendría otra oportunidad de pasear por el Malecón a esas horas.

Se vistió con lo más holgado y fresco que encontró, se lavó la cara y salió calle abajo.

Todo estaba muy oscuro, y la noche resaltaba ese estado decadente en el que se encontraba Cayo Hueso.

Al girar hacia la calle Padre Varela, perpendicular al Malecón, la encontró llena de gente.

“¿Pero esta gente va o viene?”, se preguntó para sus adentros.

Procuró caminar por la acera más iluminada, tratando de sortear así las inseguridades propias de la noche. Sin embargo, ella no pasaba desapercibida.

Mientras caminaba por la acera, se cruzó con un tuk tuk que llevaba dos ocupantes: uno que parecía el conductor, y otro, el pasajero, el cuál no desaprovechó la oportunidad para entablar una conversación con ella

– Mami, ¿dónde vas tan solita? Sube que te llevo.

– No gracias, voy bien ­­­–contestó sin ni siquiera mirarlo.

El tuk tuk continuó en dirección contraria a ella, pero de repente, escuchó a sus espaldas como este daba la vuelta, para tomar su dirección y ubicarse en paralelo, acompañando así sus pasos.

– Mami, pero mira qué hora son. Y vas tan solita. Súbete anda, que yo te llevo.

– No gracias, voy bien –le insistió, sin apartar la vista de su destino.

– Venga mami, súbete que yo voy en la misma dirección que tú, anda. Y puedo llevarte a bailar salsa. Con un cubano de verdad.

Entonces ella sintió toda su ira, y como si saliera de su cuerpo, se vio desde arriba, virándose con fuerza hacia el ofrecido individuo y le gritó:

– ¿Pero acaso te he pedido ayuda? ¿Quién te ha dicho que necesito que me lleven?

– Tranquila mami, contestó ofendido. Vale vale, te dejo en paz. Yo solo quería ayudar.

Subió al tuk tuk y continuó su camino.

Aún con el sofoco del encuentro, al volver a sus pasos, cayó en la cuenta de algo.

Este era el primer viaje que hacía sola. Lo había decidido después de mucho tiempo dándole vueltas, y pese a todas las dudas que le había planteado su entorno. Era algo que tenía pendiente, y el momento vital que vivía, le había dado el empujón que necesitaba.

Sin embargo, aquel insistente espontáneo le había puesto delante que no estaba sola. Su miedo estaba con ella, y sería durante los próximos quince días su fiel compañero de viaje.

Se río al reconocerlo y le dió la bienvenida.

– ¿Para desayunar, señorita?

– Aguacates y mangos para dos, por favor.