Agustín y Elena
Miguel Ángel Nava Sanz | Miguel A. Nava

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Agustín sabía que no era necesario, que era mejor ir vestido de forma natural, cómodo, pero había preferido ponerse guapo. Unos pantalones de pinzas, una camisa de manga larga, la americana y sus mejores zapatos. Había ido a cortarse el pelo y a que le arreglaran la barba. Había pasado veinte minutos peinándose delante del espejo. Se sentía hecho un pincel. Pensó que, en esta primera cita, tenía que causar buena impresión.

Había buscado la mejor manera de acudir al lugar de la cita, en metro, en autobús, andando. Finalmente reservó un coche con el móvil. Parecía más señorial y tenía aire acondicionado. El conductor le preguntó si quería escuchar la radio y Agustín se decantó por una emisora de música clásica. Empezaron a recorrer las calles al ritmo de los acordes de Rajmáninov.

—Va usted muy elegante —comenzó a decir el conductor—. ¿Tiene una cita importante?

—Mucho, tal vez la más importante de mi vida. Hoy conoceré a Elena.

El chico intentó mantener la conversación, pero Agustín se puso a fantasear con su primer encuentro en persona con la joven. Aún no se habían visto en persona, pero ya habían hablado un par de veces por teléfono. La chica tenía una voz suave y grave, como el murmullo del Mediterráneo en una cala de la Costa Brava. Les había puesto en contacto la doctora Teresa, ella le había pasado su número a la joven. Tras la primera conversación, de más de veinte minutos, Agustín quedó prendado de aquella voz, de aquella forma dulce y agradable de escoger las palabras, de aquella forma de explicarle todo. Decidió buscarla en Internet, necesitaba saber quién era aquella chica que estaba destinada a convertirse en la mujer más importante de su vida. Era una chica castaña, con unas pocas pecas y gafas de pasta negra. Llevaba media docena de pendientes en la oreja izquierda y un par más en la derecha. Parecía algo bajita y mofletuda. La imagen de un hada madrina, capaz de obrar milagros. Justo lo que necesitaba.

—Ya hemos llegado —le dijo el conductor al frenar el coche en su destino—. Buena suerte con su cita.

—¡Muchas gracias! —respondió, aunque no la necesitaba, teniendo a Elena de su parte.

Agustín subió las escaleras, apretando los dientes ante el dolor de su pierna derecha, intentando no cojear. Cruzó la puerta y en la entrada indicó que tenía una cita. Le indicaron el camino. Cogió el ascensor hasta la segunda planta y recorrió un par de pasillos. En la sala de espera había un segundo mostrador dónde le indicaron que se sentara, que Elena llegaría enseguida.

—¿Señor del Moral? Va usted muy elegante. Soy la doctora Martín.

—Encantado.

—¿Ha venido alguien a acompañarle?

—No, luego vendrá mi hija a recogerme.

—Está bien. Vamos a necesitar que se arremangue el brazo para ponerle una vía y administrarle la quimioterapia, ¿comprende?

Asintió. Elena empezó a explicarle todo el proceso mientras Agustín desconectaba escuchando el arrullo del mar.