Ahora mando yo
Sara González Veiga | escribiendoenblanco

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Nunca he sido una persona a la que le haya gustado salir a ligar. Realmente, ni una cosa ni la otra. Mis planes favoritos tienen relación con sofás y libros, siempre acompañada de Fredy, mi amante gatuno.

Una tarde de invierno, un sonido me alertó de la llegada de un correo electrónico. Decía que en unos días se celebraría una fiesta para solteros a la que solo se podía acudir con invitación, por lo que con responder a dicho mensaje se confirmaba la asistencia. Un minuto más tarde ya estaba inscrita. Yo, que no me fío ni de mi sombra, ¿por qué había hecho aquello?

Tres semanas después llegó el día en cuestión. Me había inventado una excusa para no salir con mis amigas, algo bastante creíble debido a mi poca afición por la vida nocturna. Ni en sus mejores sueños se imaginarían que haría algo así. Me cambié y fui a la dirección señalada. Vi un cartel del evento junto a un hombre de casi dos metros que me indicó el acceso. Le di las gracias, sin recibir respuesta, y entré en aquel lugar que parecía de todo menos una fiesta. Comenzó a sonar una balada y se encendió un foco, permaneciendo el resto de la estancia bajo una total oscuridad.

– Has venido, Carla García Herrero.

– ¿Cómo sabes mi nombre?

– Lo sé todo. Sé que llevas años quedándote en casa los sábados. Sé que llevas sin acostarte con un tío desde la universidad, ¡qué triste! y que… Yo fui ese tío.

En ese momento se iluminó toda la sala. En ese momento lo entendí todo. Él. Mi verdugo, mi ex novio, quien casi me deja sin vida. En ese momento retrocedí hasta la puerta y comencé a gritar pidiendo ayuda. En ese momento mi vida se paró en seco.

– No grites, está insonorizado. ¡Sabía que iba a funcionar! Ahora mando yo, eres mía de nuevo. Me pasé cinco años en chirona por ti. ¡Hoy no te saldrás con la tuya!

Vino hacia mí, y sin saber de donde saqué las fuerzas, lo empujé y cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra una escalera. Llamé a la policía y a la ambulancia, pero cuando los sanitarios entraron ya estaba muerto. Había intentado reanimarlo sin éxito, por lo que solo pudieron certificar el fallecimiento.

Yo no dejaba de culparme. Yo únicamente me había defendido. Yo pedía que me detuviesen porque yo lo había matado. Una vez en comisaría, comprobaron sus antecedentes por mis agresiones; y mientras me tomaban declaración llegaron mis amigas, diciéndome que no tenía que sufrir más, que él era el agresor y yo la víctima.

La cita que tanto prometía terminó con una muerte. En aquel lugar tuve que elegir: o mi vida o la suya, y creo que repetiría mi elección una y mil veces para salvarme de las garras de la violencia que nos mata a diario por el único hecho de ser mujeres.