1537. AL BORDE
Álvaro Buendía Gallego | LÁZARO

Iba a comenzar el turno de cena. Esperaba tener una noche tranquila, sin sobresaltos: era la última antes de pasar el período de prueba. Se metió la camisa negra por dentro de los pantalones y preparó su sonrisa más amplia. Se escuchó la campana de la entrada. Un chico joven, despeinado y claramente nervioso. Se dejó caer en una silla sin esperar a que le atendiera.

—¿Qué va a tomar el señor?

—Un trankimazin, por favor.

—¿Qué?

—Vino. Mucho.

—¿Qué vino quiere el señor? ¿Blanco o tinto?

—Blanco. Y no me llames señor.

—¿Seco o dulce, señor?

—Mojado. Rápido.

Vamos, no era tan difícil. Coger una botella de blanco, ponerse una mano en la espalda y llenarle la copa. Espera, ¿había dicho blanco o tinto? Cogió una botella de tinto y volvió a la mesa. Cuando iba a dejar de servirle, el cliente dijo:

—Hasta el borde.

—Señor, ¿no prefiere usted la botella?

—No—contestó, señalando la copa.

El pulso le temblaba mientras rellenaba la copa, que rebasó, mojando la mesa y la camisa del cliente.

—¡No diga nada, por favor! ¡Estoy en período de prueba! —suplicó, apremiándose a secarle la mancha.

Entonces lo vio. La empuñadura de una pistola sobresaliendo por el borde de su pantalón. Sintió un escalofrío. El chico apartó su mano de un manotazo. En ese momento sonó la campana y apareció una chica rubia, de media melena y con gafas oscuras, que no se quitó al entrar y sentarse en la mesa.

—¿Qué va a tomar la señori…?

—Lo he hecho. Lo he hecho–le interrumpió el chico.

—¿El… el qué?

—Lo que deberíamos haber hecho hace tiempo.

—Dime que no le has…—respondió la chica, con la voz rota.

—Sí. Vas a tener que lavar con ahínco para quitar esas manchas.

¿Estaba confesando un asesinato, allí, delante de él?

—¿La señorita querrá algo?

—¡No! ¿Por qué lo has hecho? —gritó ella, llevándose a las manos a la cara.

El chico se llevó la mano al pantalón. ¿Iba a sacar el arma? ¡¿Iba a matarle?! La volvió a levantar, con un cigarrillo entre los dedos, que se puso en la boca.

—Señor. ¡Aquí no se puede fumar! ¡Señor!

Empezó a sonar el teléfono del restaurante. De todos los restaurantes en la ciudad tenían que reservar una mesa en este. Colgó dramáticamente y pulsó los números. El puro que les podrían meter si fumaran dentro del restaurante…

—Sabes que era la única forma de… de que…

—Policía, ¿en qué podemos atenderle?

—De qué estuviésemos juntos—masculló ella, quitándose las gafas de sol—Joder, ¿cuándo te vas a aprender el texto?

El chico se sacó la pistola y la puso encima de la mesa.

—Uf, necesito más vino. ¡Camarero!

—¡¿Hola?! Policía.

Colgó. No le pagaban suficiente para aguantar a todos estos actores del método. Se quitó el mandil y ante la mirada desconcertada de la pareja, salió a la calle iluminada por las luces del teatro, y se perdió en la noche.