Al lugar dónde has sido feliz
Sergio Rivera Pagán | Tiesto

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Sarah no está. Sarah no vino.

Habían decidido, hace ya un año, encontrarse en aquel bar viejo de Chamberí donde habían terminado, al punto de lágrimas, aquella noche sofocante de junio.

—Igual que en la peli de Ethan Hawke—había dicho Sarah—. Before Sunrise.

—Igualito—había dicho Ricardo, sin tener ni mínima idea de la referencia, pero convencido plenamente de que tenía que ver a esta desconocida de nuevo, fuera como fuera.

Sarah no llega.

Ricardo ve el bar entero reflejado en las botellas de la barra. En la Barceló: una pareja de enamorados. En la Campari: una chica de pelo castaño. Sin contar los camareros, no hay nadie más en el bar. Está vacío.

Ricardo vio la película esa misma madrugada, durante el vuelo de regreso a Puerto Rico, el aliento de Sarah todavía en sus labios. Lo conmovieron, con cierta melancolía, las similitudes entre aquella pareja que recorría las calles de Viena y ellos—él y Sarah—recorriendo, en menos de un día, las de Madrid. Lo conmovió, también, la aparente correspondencia sentimental de Sarah (¿de qué otra forma se explicaba la comparación Hollywoodense?) y lo ilusionó el potencial romántico del reencuentro: sería un año difícil pero con un final—¡un comienzo!—de película. Una primera cita con el peso de un amor establecido.

La ilusión duró lo que tomó ver la secuela: los enamorados no coincidieron en la fecha acordada. Al igual que ellos, no habían compartido información de contacto. ¿Cómo se podía ser tan idiota?

Ha pasado el año: Sarah no viene. Ya es tarde. Ricardo se pide un whiskey on the rocks (que terminará tirando porque le quema la garganta, pero que demuestra su desconsuelo mejor que un tinto de verano), pensando en la peli y en la idiotez y en Ethan Hawke y en cómo el cine corrompe y pudre los cerebros con ideas románticas del amor que no pueden sobrevivir fuera de la pantalla—ideas que se asfixian en el mundo real—, cuando la chica del pelo castaño le toca el hombro, sonriéndole.

No había pasado un día sin pensar en Sarah, sin extrañarla (¿cómo se extraña tanto a alguien que apenas conoces?, se preguntaba). No se había permitido ni mirar a otra mujer. Pero ahora, corazón recién quebrantado, Sarah es una memoria lejana. La chica del pelo castaño—Amparo, se llama—acapara el espacio que ocupaba Sarah. Amparo, Amparo, Amparo. Ha salvado la noche. Quizás sea que está vulnerable, quizás sea el tinto (llevan tres cada uno, más por la excusa de seguir hablando que por la sed), pero siente que la conoce, que puede llegar a amarla, que incluso el proceso ya ha comenzado. La conversación fluye, las risas vienen fácil, las miradas cargadas. Se hace valiente. La besa.

Los interrumpe un ruido violento en el umbral del bar, por dónde ha entrado corriendo una mujer que busca, con la mirada desesperada, algo o alguien dentro del local. Ricardo, con el corazón más que con los ojos, reconoce su rostro.

Lleva imaginándolo desde el último verano.



FIN