Al otro lado del túnel.
Miriam Herrán de Viu | DATE ALAS

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Laura ha memorizado cada uno de los movimientos, pujos y respiraciones que le separan de conocer al que será el amor de su vida.

Hasta se ha maquillado antes de pedirle a Ricardo que coja la mochila del hospital que lleva mes y medio lista a la espera del gran momento. Está nerviosa, no puede estar de otra manera.

Ricardo, por su parte, está histérico. Le ha prometido a todo el mundo que, si puede, cortará el cordón umbilical, pero cuanto más se aproxima el momento, y ya están buscando aparcamiento a escasos metros del hospital, menos se ve capaz de hacer ese tajo.

—¿Te duele? —pregunta mientras le pone una mano en la pierna a su mujer.

—Un poco, pero es soportable. Voy a ser capaz de parir sin epidural.

—No te fuerces, para algo existe.…

—Quiero notar cómo mi hijo sale de mí —dice ella con los ojos fuera de sí, mientras Ricardo intenta que su cara no delate el escalofrío que le ha recorrido de arriba abajo.

Él cree haber entendido la expresión “tener los huevos por corbata” en ese preciso momento, y no porque esté asustado, que lo está, sino porque los tiene más metidos para dentro que nunca.

—Bueno, cariño. Ya lo iremos viendo, supongo que el dolor irá en aumento. Si resulta que……

—Júrame que no me dejarás hacerlo —le pide ella sosteniendo con ambas manos la prominente barriga, sentada en el asiento del copiloto.

—¿El qué? —Él respira algo más aliviado porque acaba de divisar un hueco libre para aparcar muy cerca de la entrada de Urgencias.

—Pedir la epidural. No me dejes, ¿eh? No quiero perderme nada, ¿vale? Mi hermana dice que es la experiencia más brutal que existe; notar cómo tu hijo te parte en dos para abrirse paso.

Ricardo traga saliva. “¡JO-DER!” piensa empezando a encontrarse fatal.

—Prométemelo. Aunque me veas mal, ¿vale? Es la primera y puede que la única vez que vaya a vivir esto.

Su marido sale disparado del coche y agradece el aire en la cara. Avisa de que están de parto en cuanto las puertas de Urgencias se abren, pero nadie sale disparado a su encuentro y tiene que cargar con Laura colgada de su cuello.

—Noto mucha presión, ¿crees que ya tendré la cabeza asomando?

Ricardo no llega a contestar a la pregunta, pero tiene suficientes reflejos para

apoyarse en una de las paredes de la sala de espera antes de desplomarse. Mientras le reaniman, Laura es conducida a la sala de monitores con unos dolores casi insoportables y después a una habitación para que siga dilatando, desde donde esperará a que Ricardo pida la epidural por ella, pero él es de cumplir promesas, y Laura de ideas fijas. Así que aunque ninguno de los dos quiera, el dolor lo colapsará todo.

Por eso Hugo nacerá trece horas después, partiendo en dos a su madre, que grita incluso más que él, y adivinando que la cara de mareo y congoja que le recibe al otro lado del túnel es la de su padre.