AL ROJO GANADOR
Marta Tejerina Sarasúa | Matesa

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La reunión sobre mercado asiático había ido sobre ruedas y, a punto de cerrar la última galería, aquel jueves lo último que me pedía el cuerpo era salir a rompepellejo. Con más de cien mensajes en whatsaap sin abrir, el grupo de los chemas iluminaba la pantalla, como aquel que insiste hasta tratar de convencerte.  

Haciendo gala de esa forma tan británica que tenía mi primer jefe, en lugar de responder inmediatamente, apoyé el codo en la mesa y con una ceja ligeramente levantada, me quedé mirando fijamente la pantalla. Al deslizar, me topé con la aplicación de citas que, sin avanzar el mensaje, parpadeaba un corazón. “No te pierdas el show cooking de esta noche”.

¡Cómo se me había podido pasar la cita con Silvia! Cerré de un golpe el portátil, alcancé la chaqueta shawariana y me dispuse a cruzar todo Madrid en veinte minutos.


Unas cañas con Silvia hacía dos semanas en un bar de poca monta fueron la antesala para salir a cenar. Suficiente para saber de su puntualidad suiza aunque quedara mucho por explorar. La opción de cocina abierta todo el día vaticinaba una cena de lo más distendida.

Titubeamos con la carta de vinos y centramos las miradas en el camarero de ojo rasgado que sonreía. Parecíamos entregados a que el vino nos escogiera.  

Me seducía la delicadeza con la que balanceaba la copa de vino y la acercaba a su mentón para percibir las notas a frutos rojos y el equilibrio fantástico entre la acidez y el dulzor.

Guiado por la viva estampa de mi jefe, que tenía todos los atributos de caballero de la Orden, me dejé llevar porque la cita fuera un juego de caballeros. Permanecer callado y abrir los brazos en vez de la boca siempre me dejaría en un buen lugar. Quizás, por ello, a mis cuarenta tacos llevaba grabado a fuego entrenar el estómago para después abrir boca.

Unas anchoas con pimiento pasificado abría el camino a una velada de las que tardan en olvidarse. El primer bocado cedido, el segundo se emplata, el tercero se comparte, el cuarto te lleva a disfrutarlo y a partir del quinto se convierte en puro amor.

 ─Brindemos, ¿no te parece?

Mi ímpetu hizo que llevara la copa hacia la suya y acabara salpicándome. Se me quedó mirando fijamente mientras esbozaba una sonrisa que no tenía nada de divertida. En ningún momento se me pasó por la cabeza hacerle una observación.

Cuando una mancha te señala, todo se va al garete, como si la conversación volviera al punto de partida.

De pronto, el lamparón impregna el blanco de tu camisa y ahora vas al rojo ganador.

Quizás, porque había muchas manos y corazones que se movían de cocina a sala, hacía tiempo que no saboreaba con placer la intimidad lograda. Pasado el trago supe que la cita iba hacia delante. Que la uva tinta merlot no empañe una bonita historia.