620. ¡AL TRABAJO, CON ALEGRÍA!
LOURDES FRANQUET GARRIGÓS | Mare Blu

Otro lunes que empezaba con bostezos, caras somnolientas y enjambres de oficinistas arremolinados entorno a ese mágico tótem que era la máquina de café.

—Hola, chicas, ¿cómo se presenta el día? —pregunté.

—Recepción de inversores extranjeros, toma de notas en la reunión, redacción de acta… Lo de siempre —respondió Lorena.

—Gestión de agenda, atención de llamadas telefónicas… —añadió Francisca.

—¡La put… máquina! ¡Ya está otra vez sin café!… ¡Es que desde que Ginés está de baja no hay manera de tener los productos al día! —estallé en mil reproches.

Después de haber zarandeado un par de veces la maquinita, desvié la vista hacia mis compañeras, que parecían haberse teletransportado a otra dimensión.

Entonces lo vi. Metro noventa, rubio, mentón prominente, ojos verde oliva, tipo atlético y sonrisa de oreja a oreja.

—Buenos días, señoritas —saludó el tío bueno.

—Buenos… Pero que muy buenos días —contestó, con descaro, Francisca—. No te tengo visto por aquí. ¿Eres nuevo en la oficina?

—Nuevecito, diría yo —pronunció jovialmente el guaperas—. Vengo en sustitución de Ginés. Así que, pedidme lo que queráis, que a partir de ahora soy todo vuestro.

Creo que en aquel preciso instante me uní a mis colegas de curro en aquel estado de nirvana absoluto, con la salvedad de estar poblado, ¡qué digo!, infestado de deseo carnal, sexual, animal……

—Hace calor aquí, ¿sí? —se le insinuó Antonia, gamberramente, con unos cuantos botones de su blusa desabrochados de más—. Lo digo por esa camisa que veo que llevas arremangada a medio brazo.…

—¡Hombre! —exclamó él, sonriendo—. Pues lo normal para esta época del año……

—Y te diré más —continuó ella con flagrante descaro—. Esa camisa deja entrever unos pectorales… Y unos bíceps… Tienes que decirme a qué gimnasio vas, porque……

Aunque, ya es bien verdad que lo bueno, igual que viene se va.

—¿¡No lo estáis viendo!? ¡Es nuestro tío bueno! —cuchicheó, asombrada, Francisca, móvil en mano, mientras nos mostraba una foto que le había pasado su marido, que trabajaba en unas oficinas cercanas— ¡Resulta que nuestro cachas es gay! ¡Que lo pilló el jefe de personal de su empresa en los baños, cepillándose al de mantenimiento! En fin: que lo han despedido del otro curro. Según le notificaron en Recursos Humanos, por estar terminantemente prohibido follar en horario laboral dentro de la oficina.

—¡Ah!… Entonces, ¿no por ser gay? —preguntó Antonia.

—¡Qué dices! ¿Es que te crees que aún vivimos en los noventa? ¡Como si este tío fuera Tom Hanks y estuviéramos en Philadelphia!… ¡Joder, con lo bueno que está! —me lamenté—. La verdad es que ya me había hecho ilusiones…

Era oficial: los lunes volvían a ser esos días cochambrosos de siempre y la máquina de café se empezó a infestar de tíos y más tíos, revoloteando alrededor del macizo reponedor.

—¡Madre mía! —exclamó Francisca—. ¡No sabía yo que hubiera tantos gais en la oficina!