1210. ALBOROTO ENTRE SÁBANAS
EMILIA GARCÍA CASTRO | Emy Barraca

Ayer me aventuré a ir de compras con mamá a la tienda de ropa de casa, cuya dependienta es amiga.
—Hola Marta, quiero unas sábanas de coralina —algunos clientes merodeaban, pero no compraba nadie.
—Buena elección —dijo ella bien alto, para que la oyera la gente—. Es lo mejor para el invierno, por la calorina que dan.
—Se las envías a Carolina, es un regalo —dije yo, y mamá torció el gesto porque, con los años, se ha vuelto caprichosa y quiere los regalos solo para ella.
—Además, tienen unos colorines muy guapos —dijo Marta, mientras bajaba unas estampadas de la estantería.
—¿Colorines? No, ¡te dije que es para Carolina! —exclamé bromeando.
—No me gustan los colorines, ¡que sean blancas! No aguanto otra cosa en la cama —dijo mamá muy enfadada.
—¿En qué quedamos?, ¿que se las mande a Blanca? —mi amiga siguió la chanza, aunque parecía algo alterada con tanta gente indecisa en la tienda. 
—Yo tuve un abrigo blanco de piel, ese sí que abrigaba y no esas sábanas de lija, feas y de colorines —dijo mamá.
Se notaba que Marta estaba incómoda con mi madre, y comenzó a murmurar por lo bajo.
—Ya se sabe, la confianza… Es mejor vender por Amazon —la escuché decir de pasada.
—También tuve uno de martas cibelinas —siguió mi madre.
—Yo también tuve una madre que era un encanto —dijo mi amiga la dependienta—. Entonces, ¿a quién envío las sábanas?, ¿a Carolina, a Blanca o me las quedo yo, que soy Marta no cibelina?
Mamá se había sentado en una butaca, muy disgustada, mientras uno de los clientes la abanicaba con el folleto de la tienda.
—Esos folletos cuestan dinero —rugió Blanca, y se lo arrebató de las manos—. Mejor llamo a una ambulancia.
—Tuve otro de visón rasurado —dijo mi madre, casi desvanecida.
—La coralina es rasurada, preciosa y lo mejor para el frío —respondió Marta, y luego me lanzó una oferta—. Si compras tres juegos de sábanas, te llevas otro de regalo.
Cuando llegó la ambulancia, había un jaleo tremendo en la tienda, porque todos los clientes querían sábanas de coralina, porque daban mucha calorina, unos querían de colorines y otros que fueran claras.
Mi madre estaba en el suelo con las piernas altas, pero el médico, al revisarla, solo diagnosticó soponcio, protestó porque le llamaban por tonterías y dijo que merecía, por lo menos, unas sábanas gratis, al haberle hecho perder su costoso tiempo. A pesar de todo, quiso enviar a mamá al hospital hasta que se le pasara. La subieron a la camilla y la metieron en la ambulancia, antes de cerrar la puerta trasera aún vociferaba.
—Que no quiero de colorines, ¡las mías que sean blancas!