927. ALEDAÑOS DEL ESTADIO
Jesús Francés Dueñas | Del Montón

Escribiría Rutilio Rufo al día siguiente en una crónica memorable, que el Club Deportivo Numancia jamás había llegado tan lejos en la historia antes, que estaba grabando su nombre con letras de oro y que era toda una hazaña para un equipo acostumbrado a batirse el cobre en la segunda división de la Liga Celtiberia. Que el estadio de Los Pajaritos se había engalanado para recibir como se merecía a la todopoderosa Roma en semifinales de la Champions y que respetaba, que no temía, a su entrenador estrella de dilatado palmarés y nombre extralargo: Publio Cornelio Escipión Emiliano alias el Africano Menor, el gran estratega que ya había eliminado en octavos a Cartago.

Escribiría con su florida prosa Rutilio Rufo no obstante, que los numantinos también contaban con un crack entre sus filas: al gran Retógenes el Caraunio, arévaco de cantera, único en su especie y muy valiente, que junto a fichajes de renombre como Olíndico y Tangino, plantaron cara dignamente a tan bregado enemigo en las lides del combate. Ni las catapultas, ni los elefantes ni la formación en tortuga de las legiones romanas lograron doblegar el espíritu aguerrido de Retógenes y sus lugartenientes.

Pronto se vieron las intenciones de Escipión: ganar el partido no por asedio sino por bloqueo, pero los romanos esperaban tiquitaca y los de Numancia les dieron catenaccio, o sea, tres tazas de su propio brebaje. Deseaban ambrosía y les sirvieron vinagre. Al tiempo del descanso los celtíberos volvían al vestuario con un valioso cero a cero en el marcador.

Escribiría después Rutilio Rufo el minuto y resultado que de todos ya es de sobra conocido. Las legendarias epopeyas acaban como acaban y no vale decir que el fútbol es así o que no hay rival pequeño. Roma se impuso por penaltis con un gol a lo Panenka y un toque de sandalia muy patricio que hizo ponerse en pie a la afición del equipo visitante.

Al final los numantinos, que tienen muy mal perder, se suicidaron y los romanos, que tienen muy mal ganar, sembraron de sal los aledaños del estadio.