Algodón de azúcar
Constanza Surimana Emeliana Calderón Varas | Coticald

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Cuando era pequeña, comí tanto algodón de azúcar que me enfermé del estómago y estuve malita mucho tiempo, el trauma era real. Años después, decidí enfrentar dos experiencias que, de alguna manera, simbolizaban mis miedos y deseos ocultos, dos cambios de etapas completamente diferentes.

Iba caminando por la calle, me tentó la visión un algodón de azúcar rosado, este brillaba, su tierna textura danzaba en el viento como si fueran destellos. Me acerqué con curiosidad, recordé las risas y la diversión pero también sentí una pequeña picazón de nervios. ¿Y si ya no me gustaba? Mis miedos eran tan efímeros como las nubes de azúcar que pasaban por mi cabeza. Decidí comprar uno. El primer mordisco fue revelador, me sentí una niña otra vez.

Mientras saboreaba mi algodón de azúcar, me di cuenta de que había enfrentado mi primer miedo del día, pero aún me esperaba un desafío más significativo: mi primera citología. Con la dulzura aún en mis labios, me dirigí al centro de salud, una experiencia que evitaba por sus connotaciones incómodas y la inevitable ansiedad. Por cierto, buscar en internet el proceso lo arruinó todo.

La sala de espera era de silencio tenso. Me sumergí en mi propia burbuja de nerviosismo. Me llamaron y caminé hacia la sala de examen. Todo estaba envuelto en una atmósfera de seriedad, como si el mero acto de hablar sobre estos temas fuera un tabú.

Mientras me preparaba para el examen, traté de encontrar una distracción en mi mente. Recordé el algodón de azúcar rosado y me imaginé que mi cervix era como esa espiral suave y delicado. Intenté encontrar humor en la situación, quería reírme y también llorar, fue una locura, mis piernas no paraban de temblar.

Cuando estos aparatos, las pinzas y otros, avanzaban hasta este «algodón de azúcar», noté que mis miedos aumentaban y cuando eso pasaba, desviaba la mirada hacia los dibujos del techo y su patrón casi hipnótico. Comencé a hablar de cosas triviales, algo muy estúpido, la matrona sólo asentía con la cabeza ¿Qué estará pensando de mi? De alguna manera, las palabras fueron un escape mientras sentía que me desdoblaba, como si mi mente intentara separarse del cuerpo por unos instantes.

Ustedes se preguntaran, qué tiene que ver una bola de azúcar rosada y el cuello del útero…Verán, ambas tienen una forma tan única y encantadora, como si la naturaleza hubiera decidido darle un toque dulce y gracioso a esta parte tan especial de la anatomía. Hice una comparación un poco extraña en mi cabeza pero hey, funcionaba.

Al salir del centro de salud, respiré hondo, me sentía un poco «enferma» cansada de cuerpo, la tensión desaparecía…Me di cuenta de que había conquistado dos miedos en un solo día. Ambas experiencias, aunque opuestas en su naturaleza, compartían un hilo común: la superación de un recuerdo de mi niñez y el reconocimiento de que cuidar de mi salud a mis ya 20es. Ambas me llevaron a un lugar de mayor fortaleza y autoconocimiento.