568. ALGUIEN TIENE QUE VELAR
VICTORIANO ALCALDE AZCUNE | Niño Luciérnaga

Gotham es un lugar tan frío, tan inhóspito e implacable. Ya no queda en Gotham sitio para la hermandad, para la ternura. Esta es la razón por la que todas las tardes vengo hasta la cuarta farola de la Calle Mayor, me coloco en posición de «alerta» y me dedico a velar por los frágiles, por los indefensos de la ciudad de Gotham.
Una antigua ley me prohíbe hablar, o moverme; ni siquiera puedo chasquear la lengua cada vez que un perro del infierno decide fumigar mis botas con sus corrosivos orines, ni parpadear cuando las hordas de turistas japoneses me atacan con los deslumbrantes flashes de sus cámaras fotográficas, ni mucho menos tiritar de frío, aunque el traicionero y gélido sirimiri de diciembre me traspase la coraza y me cale hasta el tuétano del alma.
Admito que tampoco puedo volar, pero hay veces en que una ráfaga de viento agita mi capa, mi capa majestuosa y negra como la noche más insondable, y entonces me convierto en un ser poderoso, un ser de leyenda… Todo el mundo debería, al menos una vez en la vida, detenerse a contemplarme.
No me arredran ni me desaniman las humillaciones cotidianas –tan inmerecidas para alguien de mi prestigio–, ni las burlas malintencionadas a cuenta de mi estilizada barriga, o a cuenta de las gafas que el oculista de la Seguridad Social de Gotham me obliga a llevar sobre el antifaz. Sabed, malandrines de Gotham, que ni todas las huestes de borrachos impertinentes, hipsters engreídos y niñatos malcriados del mundo conseguirán doblegarme para impedir que lleve a cabo mi gran cometido en pos de la dignidad humana y la justicia universal. Faltaría más.
Tampoco los temibles policías municipales –con sus leyes arbitrarias y absurdas– me echarán de mi farola en la Calle Mayor alegando eso de la «masificación de artistas callejeros». ¿Artistas callejeros? ¿Qué tengo yo que ver con esos advenedizos disfrazados? En fin, nadie dijo que el destino del héroe fuera fácil.
Sí, hay veces que me siento cansado. Y solo. Muy solo. Pero entonces recuerdo mi Misión; la de velar por las buenas gentes de Gotham, porque… alguien tiene que velar… alguien tiene que velar…
A través de las aberturas de mi antifaz (y de los gruesos cristales de mis gafas empañadas) compruebo que el pálido sol de invierno ya se oculta más allá de los grises edificios de Gotham. Con disimulo bajo la vista y puedo ver que junto a mis botas impolutamente negras, en el interior de la cajita de madera con forma de murciélago, los paseantes del día me han dejado unas brillantes monedas… poca cosa… pero me siento recompensado, pues son monedas suficientes para un bocadillo de calamares en «Casa Galicia» y una entrada al «Cineclub Nictálope» del Barrio Viejo.
A los mandos de mi Bat-bicicleta todavía llego a tiempo para el último pase del día. Hoy echan mi película. Pero quedad tranquilos; mañana volveré.
Porque alguien tiene que velar… alguien tiene que velar.